CAPÍTULO 38. Promesas y secretos
Rowan despertó lentamente, envuelto en el calor de unas sábanas suaves… y de Raven. Ella estaba acurrucada de costad, con una mano bajo la mejilla y la respiración tranquila, profunda, rendida al sueño. Su cabello le caía en desorden por la cara y uno de los brazos de Rowan estaba alrededor de ella.
No tenía idea de que Raven lo había movido o de si él se había movido solo, pero la realidad era que ella se veía demasiado a gusto, como si allí se sintiera a salvo.
Por un instante, Rowan se quedó quieto, muy quieto del puro susto. ¿Se habría dado cuenta Raven de que él podía moverse? ¿Había notado algo durante la noche? ¿Un reflejo, un movimiento involuntario, un roce demasiado consciente? Pero ella dormía como si el mundo siquiera su curso sin inmutarse.
Suspiró aliviado y, con extremo cuidado, aflojó un poco el brazo con el que la tenía abrazada. No quería despertarla, porque esa paz que sentía en ese instante, con aquella mujer en sus brazos, era algo que no se había permitido demasiado seguido.
Le vinieron a la cabeza las palabras de Cedric pocos días antes de su boda: “¿Todo esto lo estás haciendo por la promesa, o por amor?” Y Rowan lo había evitado con una broma en su momento, pero ahora… ahora lo sabía.
“Primero se lo prometí a su abuela”, pensó. “Luego ella se me metió en el corazón sin que pudiera evitarlo”.
Raven se movió apenas, y luego abrió los ojos lentamente. Se estiró como una gatita y lo miró con una sonrisa perezosa, ese tipo de sonrisa que solo se le escapa a alguien que ha dormido bien y está de buen humor.
—Buenos días, señorito tieso —dijo, medio riendo, medio bostezando y Rowan levantó una ceja, fingiendo ofensa.
—¿Así me saludas? ¿Después de una noche entera de dejarme abrazar como un caballero?
—¿Entonces es mentira? —lo provocó ella metiendo el índice entre su piel y el elástico de su bóxer.
—Pues no, no es mentira, pero es involuntario —se defendió él.
—Bueno, la verdad no me quejo, a mí me encanta tu “involuntariedad” —le dijo Raven con absoluta coquetería.
—Eso es tortura —protestó él con un tono entre indignado y divertido, intentando no perder la compostura mientras ella seguía con aquellas caricias.
—Entonces mejor me apiado de ti —dijo Raven mientras se levantaba con energía—. Empezar el día con un baño suena más civilizado, ¿no crees?
Y no era una invitación sino una orden.
El baño, como toda la casa, estaba preparado para movilidad reducida. Las barras, la silla de ducha, el espacio amplio… todo estaba perfectamente acondicionado, y Raven se movía entre los implementos como si hubiera vivido ahí toda la vida. Con cuidado y sin prisa, lo ayudó a pasar al asiento dentro de la regadera. El agua tibia empezó a correr, y el vapor llenó el ambiente.
—¿No te molesta esto? —preguntó Rowan de repente, bajando la voz, mirándola mientras ella enjuagaba su cabello con dedos suaves.
—¿Molestarme? —repitió Raven como si no entendiera—. Me casé contigo, ¿recuerdas? En las buenas y en las malas. Así que prefiero aprovechar las buenas mientras duren.
Él se quedó callado porque el mensaje era claro: Raven no consideraba que ocuparse de él fueran “las malas”.
Después del baño y el desayuno, el día transcurrió entre paseos por el viñedo, conversaciones sueltas y risas. El sol se levantaba sobre los campos como una manta dorada y todo parecía estar en cámara lenta. Pero a pesar de la ligereza, Rowan notó que Raven estaba más callada de lo habitual, como si estuviera rumiando algo desde temprano.
Esa pregunta… no venía de la nada. La forma en que lo miraba, la manera exacta en que había formulado la pregunta, encendió todas sus alarmas.
—¿Has recordado algo? —preguntó, serio, estudiando cada gesto en su rostro, y Raven se dio cuenta de inmediato de su error.
Se le había escapado. Si había perdido la memoria entonces ella no debía saber sobre ese acuerdo o que había sido la prometida de Ulises… ¡Y ahora no podía arreglarlo, no del todo! Así que recurrió a la única salida intermedia que le pareció creíble.
—No… no realmente. Pero hay cosas que sé, no sé cómo. Es como si estuvieran ahí dentro de mí, escondidas, pero claras.
Rowan la observó en silencio durante unos segundos que parecieron eternos, y luego bajó un poco la mirada, con una expresión resignada.
—Tu abuela firmó ese acuerdo pensando en mí. —Su voz fue tranquila, sin rencor ni emoción, sincera—. Los mayores creían que era lo mejor para nosotros. Por desgracia, no llegaron a verlo realizado.
Raven asintió muy despacio, mordiéndose el interior de la mejilla. Porque aunque intentaba verse serena por fuera, por dentro su mente era un torbellino.
“¿En qué momento todo se torció?”, pensó con un nudo en la garganta. “¿Cuándo pasamos de algo planeado entre Rowan y yo, a ese enredo con Ulises?
Pero no lo dijo, porque había cosas que aún no estaba lista para preguntar o para escuchar. Y era demasiado evidente que él quería seguir manteniendo su secreto como fuera.
—Bueno… ahora estamos juntos, casados, de luna de miel —sentenció ella con convicción—. ¿Qué te parece si lo celebramos?

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