REY DE OROS. CAPÍTULO 40. "Mateo 5:39"
Alaric había mandado a hacer la prueba de paternidad en secreto, como un espía de telenovela que no quería que nadie le arruinara el plan. No confió en ningún laboratorio local, porque conocía a Alana y sabía que la mujer tenía la lengua larga y las uñas más largas todavía. Así que, con la calma de quien esconde un cadáver en el jardín, envió las muestras a un laboratorio en Houston. Nada de chismes, nada de filtraciones: solo él, los pelitos del casco y un sobre muy bien sellado.
Mientras tanto, Alana, que parecía tener un radar para detectar el mal humor de los demás, no demoró ni siquiera otros dos días en aparecer en su oficina, y por supuesto que lo hizo sin avisar. Entró a su oficina después de una incómoda pelea con su asistente, y entró a su oficina como si la alfombra roja la esperara, con ese aire de reina destronada pero todavía peligrosa.
—Vine para acordar la fecha, la hora y el laboratorio de la prueba de paternidad —dijo, apoyándose con descaro en su escritorio como si fuera suyo.
Alaric ni levantó la mirada del papel que estaba firmando.
—Ya veo que vienes muy organizada —contestó, con ese tono helado que usaba cuando estaba a dos segundos de perder la paciencia—. Pero te dije que lo vieras con mi asistente. ¿Se puede saber por qué demonios insistes en ser tan desagradable? ¿O piensas que siento algún tipo de placer masoquista por verte?
Ella ladeó la cabeza, sonrió como gata que acaba de cazar un ratón y lanzó la bomba.
—¿Cómo puedes seguir sintiendo rencor por un error de hace quince años? —siseó con descaro y Alaric alzó la vista, lento, como quien mide las palabras para no vomitarlas directamente.
—¿También es un error que me hayas mandado a tu hijo a mi casa? ¿Y que estés intentando manipularnos a los dos? —le dijo con rabia.
La sonrisa de Alana se ensanchó, como si le divirtiera que él le descubriera todas sus cartas. Se acercó un poco más, tanto que el perfume casi nubló la habitación y trató de hablarle al oído.
—Solo quería que lo conocieras… para que recapacitaras —murmuró, con ese tono seductor que usaba como arma de destrucción masiva.
Alaric la miró de arriba abajo, no con deseo, sino con la expresión de un inspector de aduanas revisando contrabando.
—El verdadero error de hace quince años —dijo, con voz firme— fue que creíste que la herencia de mi abuelo sería para Stefan y Vikram. ¿No es cierto? Yo era la oveja negra, pero al final terminé siendo la oveja millonaria de la familia. ¿Cómo te quedaste cuando supiste que el heredero había sido yo?
El comentario le cayó como cubetada de agua fría, pero Alana no perdió el gesto. Se acomodó el cabello con fingida tranquilidad y respondió:
—Eso no me importó. Sabes que tú eras lo único que me importaba. Sabes bien que si no perdí al bebé fue porque, en el fondo, siempre supe que era tuyo.
Su tono era exageradamente dulce, y Alaric sabía muy bien dónde quería terminar, tan bien como sabía que no iba a conseguirlo, porque justo en ese momento, desde la puerta, se escuchó una voz cargada de ironía.
—¡Ay, por favor, límpiate la boca, y quítate de ahí! No me gusta que la gente babee lo que es mío.
Alana se giró sobresaltada, con los ojos abiertos como platos para ver que en el umbral estaba Costanza, con su sonrisa más sarcástica y los brazos cruzados.
Alaric, por su parte, ni se inmutó, como si ya estuviera esperando la entrada triunfal de su mujer.
—¿Sabes qué no entiendo? ¿Cómo es que en quince años te creció un hijo pero no te creció la vergüenza? —se burló Costanza, avanzando un par de pasos—. Porque incluso eres capaz de hacer de cuentas que nada pasó, y seguir de ofrecida con maridos ajenos.
La cara de Alana pasó del asombro a la furia en segundos y ni siquiera se molestó en evitarlo.
Y ¡zas!, le soltó otra bofetada que le emparejó en un segundo la cara colorada.
El silencio posterior fue tan espeso que hasta los muebles parecían incómodos.
Alana estaba estupefacta, con los labios entreabiertos, incapaz de articular palabra.
Y Alaric se agarraba a los brazos del asiento como si estuviera haciendo un esfuerzo supremo por no aplaudir.
—No debiste subestimarme —siseó Costanza, mirándola a los ojos—. Nunca te dije de qué lado de la fe estoy.
Luego, con toda la calma del mundo, se acercó al escritorio de Alaric, lo acarició con la yema de los dedos y remató con una sonrisa:
—Y no vuelvas a poner tu trasero sobre el escritorio de mi marido. Aquí pongo el mío cuando me lo follo… y no quiero que se me peguen gérmenes raros.
La mandíbula de Alana casi tocó el suelo. Sus ojos se movieron hacia Alaric, buscando una reacción, un gesto, una salvación.
Él, sin embargo, apenas se acomodó la chaqueta y dijo con una tranquilidad devastadora:
—Será mejor que te largues… antes de que te aplique la del Apocalipsis o algo así.

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