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REY DE ESPADAS. La novia forzada romance Capítulo 41

CAPÍTULO 41. Verdades y emergencias

Rowan y Raven se miraban en silencio, con la tensión flotando en el aire, como si todo lo que había pasado entre ellos hubiese cambiado la temperatura de la habitación. La luz del sol entraba tibia por las ventanas del comedor, acariciando los bordes de la mesa y dándole al espacio una calidez que no lograba calmar la inquietud creciente en el pecho de Rowan.

“Solo los dos primeros tragos de anoche fueron de vodka… el resto fue agua mineral”.

“… el resto fue agua mineral”.

“… el resto fue agua mineral”.

Ella sabía, entonces ella sabía… Raven sabía.

Abrió la boca para decir algo, y probablemente las palabras que aún estaban formándose en su mente habrían salido bastante desesperadas; pero justo en ese momento un teléfono sonó sobre la mesa con un timbre agudo que rompió el silencio entre los dos.

Raven se quedó mirándolo por un largo segundo con el ceño fruncido, y luego tomó el móvil, leyó el nombre en la pantalla y respondió con rapidez.

—¿Alaric? —preguntó, y luego sin pensarlo mucho lo puso en altavoz. La tensión al otro lado de la línea también era evidente.

“¿Raven? ¿Rowan está contigo?”

—Sí aquí estoy. ¿Qué pasa? —respondió él con tono neutro.

“Rowan, escucha bien”. La voz de su amigo sonaba urgente, como si acabara de salir de una tormenta o de una discusión peligrosa. “Es el cabrón de tu cuñado. Ottavio ha convocado a una junta extraordinaria de accionistas, ¡sin tu autorización! Lo está haciendo a tus espaldas”.

El silencio en la sala fue inmediato y la atmósfera cambió por completo. El aire pareció hacerse más denso y Raven se congeló en su sitio, mientras los dedos de Rowan apretaban los brazos del sillón con más fuerza de la necesaria, y sus nudillos se tensaban hasta volverse blancos.

—¿Para qué la convocó? —preguntó él con gruñido, aunque se notaba que ya se lo imaginaba.

Había una especie de resignación amarga en sus ojos, como si hubiera estado esperando esto desde hacía tiempo.

“Por lo que ya imaginábamos: quiere quitarte la presidencia de la empresa” soltó Alaric sin rodeos. “Está usando cláusulas antiguas de incapacidad ejecutiva, está manipulando a los de la junta para que crean que tú ya no puedes dirigir en tu estado actual”.

Raven soltó un insulto por lo bajo, algo entre dientes, que se perdió en la inquietud del momento; y Rowan cerró los ojos unos segundos antes de hablar, como si necesitara un respiro para contener la rabia.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

“La junta es en tres horas. Tienes que venir ya. Si no te presentas ese imbécil puede garase el respaldo de la mayoría de los accionistas y salirse con la suya”.

—Necesito al menos cuatro horas para que el avión llegue a Chicago, Alaric —calculó Rowan con rapidez—. Cuatro como mínimo.

“Trataré de ganarte ese tiempo”, prometió su amigo. “Haré lo que sea necesario, ¡pero ven ya!”

La llamada se cortó sin despedidas. El clic final del teléfono fue como un disparo sordo y Raven miró el móvil en la mesa como si quemara.

—¿Por qué está haciendo esto ahora? —preguntó con el ceño fruncido.

Era evidente que Ottavio y su familia eran todos una porquería, pero ¿por qué precisamente atacar en ese momento?

Raven apretó los labios con impotencia, pero antes de que pudiera volver a despegarlos para decir otra palabra, en ese instante, tocaron a la puerta. El golpe seco y breve hizo que ambos se sobresaltaran, pero Raven fue quien se adelantó primero, caminando rápido hacia la entrada. Cuando abrió, se encontró con un chofer vestido de negro, con lentes oscuros y una expresión neutra, profesional hasta los huesos.

—Señora Harrelson —dijo con una ligera inclinación de cabeza—. El señor Fenwick me envió. Estoy aquí para llevarlos al aeropuerto. El jet privado los espera.

—¿El señor quién? —vaciló ella poniendose a la defensiva hasta que escuchó la voz de Rowan tras ella.

—Alaric —le explicó y luego miró al hombre—. Denos un minuto.

El chofer asintió y se retiró unos pasos, quedándose junto al vehículo como una estatua discreta.

—¿Cómo quieres hacer esto? —le preguntó Raven con determinación y Rowan dudó por unos segundos antes de negar con la cabeza.

—Desconfiando de todos —dijo con calma—. Ve por los documentos importantes. Nos vamos.

Ella no insistió. Recogió a velocidad crucero lo que necesitaban para viajar y menos de quince minutos después ya estaban en el aire.

El vuelo hacia Chicago fue tranquilo, aunque el ambiente dentro del avión era todo menos eso. El silencio entre ellos no era incómodo, pero estaba cargado de pensamientos, de preguntas que ninguno quería soltar todavía. El rugido leve de los motores les ofrecía una especie de refugio momentáneo y Rowan miraba por la ventana mientras Raven jugueteaba con los dedos en su regazo.

—Las cosas van a ponerse difíciles cuando regresemos —advirtió él de pronto y la muchacha levantó la mirada, inquieta.

—¿Cómo puedo ayudarte? —fue su única pregunta y por una vez se dio cuenta de que él no iba a disfrazarle las cosas para que se vieran menos peligrosas.

—Acepta una escolta armada —medio el ordenó, medio le pidió—. Acepta guardaespaldas. Protégete en todo momento… y no me abandones.

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