CAPÍTULO 40. Salvajismo y cocteles matutinos
Rowan se quedó mirándola con una mezcla de sorpresa y preocupación. Raven tenía las mejillas encendidas, los ojos brillantes y esa sonrisa borracha que oscilaba entre la picardía y la vulnerabilidad. El aire olía a vodka derramado, y la villa entera parecía sostener la respiración ante la escena que se desarrollaba sobre la mesa de aquel comedor.
—Estás demasiado borracha, Raven —le dijo él en voz baja, casi con ternura, sin soltarla del todo.
Y ella soltó una risita tonta y ladeó la cabeza, apoyando la frente en su hombro como si el mundo le diera vueltas y él fuera el único punto estable.
—¿Y qué? —susurró—. Borracha es la única forma en que esto se siente real... lo que pasa entre tú y yo. Porque si estoy sobria, entonces vas a estar en tu silla y no te moverás...
Rowan tragó saliva. Había algo en esa frase que se le quedó clavado como una espina en la garganta.
—Raven... —empezó, pero ella lo interrumpió.
—No me digas que no —le suplicó, mirándolo directo a los ojos—. ¿No me quieres? ¿Cómo puedes decir que me amas y no desearme?
—¡¿Y quién te dijo que no te deseo, cachorrita?!
—¡Tú mismo! ¡¿No ves que estoy aquí más ofrecida que estrellita de mar en marea baja y no me consientes el… pastelito?! —reclamó hipando y a Rowan apenas le dio tiempo de reís antes de que la boca de Raven lo asaltara.
“Al diablo, ella quiere estar conmigo”, pensó antes de tirar de su cuerpo hacia el borde de la mesa y besarla con todas las ganas que había guardado en los últimos años.
Raven le respondió igual, con una intensidad que lo hacía temblar. Podía sentir sus manos por todos lados, sin apuro, como si no pudiera creer que al fin la tenía ahí. Rowan quería besarla hasta dejarla sin aire y luego quitarle la ropa despacio, solo para quedarse mirándola, como si no le alcanzara con tocarla.
Pero el deseo no sabía de esperas ni de paciencia. Rowan la atrajo contra su pecho, perdido entre caricias urgentes y besos cada vez más profundos, mientras Raven soltaba pequeños suspiros que lo volvían loco. Un segundo después le bajaba las mangas del vestido sobre los hombros y la escuchó gemir.
—No sabes cuánto sueño con esto —susurró contra su piel y luego se metió en la boca uno de sus pezones erectos y lo succionó con fuerza, mientras con la otra mano le acariciaba un costado y seguía bajando hasta llegar a su cintura, sus muslos, subiendo el vestido hasta que sus manos llegaron a aquellas bragas que solo quería romper aunque fuera con los dientes.
Raven jadeó cuando sintió la calidez de su boca en su pecho, pero Rowan no se detuvo ahí. La empujó suavemente hacia atrás y siguió bajando, abriendo un botón tras otro hasta arrodillarse ante ella.
Raven ahogó un grito cuando sintió la lengua de Rowan rozar con la parte más íntima de su cuerpo. Era una sensación increíblemente erótica, desesperadamente necesaria, nueva, única. Era el cielo sentir su lengua explorando su intimidad, y cuando Rowan la penetró con los dedos mientras chupaba su clítoris, ni siquiera se molestó en contener el grito que se escapó de sus labios.
—No tienes idea de lo loco que me vuelves, ¿verdad? —murmuró un segundo después aquella erección feroz se restregaba contra la humedad de Raven como una anunciación.
Sin embargo, cuando el sol volvió a asomarse por las ventanas de la villa, Raven ya estaba despierta. Se sentía como si el mundo se hubiera apagado y vuelto a encender con otro ritmo. Uno más lento, pero más claro.
Lo primero que hizo fue buscar a Rowan a su lado, y ahí estaba, con el rostro relajado y la respiración profunda, todavía dormido. Le acarició el cabello, le besó la mejilla con ternura y murmuró:
—Despierta dormilón. Se supone que te haré el mejor desayuno de tu vida.
Él bostezó con un puchero y se dejó acomodar en la silla y llevar hasta la cocina. Desde el otro lado de la mesa la vio moverse con una soltura encantadora: revolviendo café, friendo tocino, cortando frutas como si ese lugar fuera su hogar desde siempre.
Raven le sirvió un plato rebosante, decorado como si estuviera en un hotel cinco estrellas. Luego, sin pensarlo demasiado, preparó un cóctel y se sirvió ella misma una copa, usando al botella de vodka que había dejado medio vacía el día anterior.
Rowan frunció el ceño y la miró con preocupación, porque jamás en su vida había visto a Raven beber tanto en tan poco tiempo.
—Nena… ¿vodka tan temprano? —preguntó con suavidad y ella se giró despacio, para mirarlo a los ojos con expresión suave y risueña.
—No te preocupes tanto. Solo los dos primeros tragos de anoche fueron de vodka… el resto fue agua mineral.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: REY DE ESPADAS. La novia forzada