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REY DE ESPADAS. La novia forzada romance Capítulo 42

CAPÍTULO 42. Joyas y amenazas

La limusina negra se detuvo frente a la majestuosa mansión Harrelson, y desde el primer instante en que Raven puso un pie fuera del vehículo, el aire cambió. Había una oscuridad palpable, como si la casa misma los estuviera esperando para juzgarlos. El portón se abrió lentamente, casi con desgana, y ella cruzó el umbral entre miradas que parecían medir cada uno de sus movimientos.

Rosela apareció primero en el vestíbulo, con los labios curvados en una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Tenía esa mirada afilada y calculadora, la que usaba siempre cuando quería controlar el juego. Aurora se asomó detrás de ella con la expresión seria, casi sombría, y sus pasos eran medidos, como de puntillas, como si temiera romper el frágil equilibrio que había en la casa.

Raven bajó sus gafas oscuras, revelando unos ojos que brillaban con una mezcla de cansancio y determinación, y desde el pie de la enorme escalera ambas mujeres le dedicaron un saludo incómodo, más parecido a un desafío velado.

—¡Demonios, qué oscura está esta casa! —dijo Raven con voz dulce, pero cargada de una autoridad que nadie podía ignorar—. ¡Rick! —llamó y el mayordomo apareció de inmediato—. Haz que abran todas las cortinas, esta casa necesita sol.

Rick se apresuró a obedecer y Aurora la miró como quien no entiende por qué una compelta extraña daba órdenes en su casa. Sin embargo Rosela tenía un poco mejor definidas sus prioridades y preocupaciones, así que se acercó a Raven con expresión decidida.

—¡Bueno, no puedo decir que me sorprende que regresaras tan pronto! —exclamó, alzando las cejas con una mezcla de burla y curiosidad—. ¿Y cómo te fue en tu... luna de miel?

Raven soltó una risita que no fue del todo genuina. Dejó su cartera sobre la mesa redonda del recibidor y relajó los hombros, dejando que un suspiro escapara de sus labios, un suspiro que llevaba en sí la fatiga de días difíciles, pero también una chispa de satisfacción.

—Apenas puedo caminar —respondió con un tono jocoso, arqueando una ceja y acariciándose las caderas, como si el cansancio fuera real y su cuerpo aún lo sintiera—. Ya sabes cómo es cuando la bestia tiene ganas… y fuerza. No estoy muy segura de cómo no sigo viva, pero a este paso yo también voy a necesitar una silla.

Por un momento las dos mujeres frente a ella se miraron desconcertadas, con una expresión que variaba entre el miedo y la preocupación. Sin embargo Raven no parecía para nada incómoda, más bien se veía como la reina que se está instalando en su nuevo castillo.

—¿Dónde están Ulises y Ottavio? —preguntó como al descuido, clavando su mirada en ellas, como si solo preguntara por alguien que faltaba en el servicio.

Rosela desvió la mirada por un instante, y luego trató de aparentar la más fingida naturalidad.

—Se fueron a jugar golf —dijo con una voz que intentaba sonar casual, pero que no pudo ocultar cierta rigidez.

Aurora asintió de inmediato para respaldarla.

—¡Sí, se fueron a jugar golf un rato…! —aseguró y luego frunció el ceño mirando hacia la puerta porque la silla de ruedas todavía no había aprecido—. ¿Y Rowan dónde está? —preguntó, tratando de mantener la calma mientras observaba cada reacción.

—¡Qué coincidencia! ¡Él también se fue a jugar golf! —exclamó Raven con una ironía incisiva—. Al mismo campo que Ulises y Ottavio.

Rosela y Aurora intercambiaron una mirada que delataba el espanto más puro., y su cuñada tragó saliva y respiró hondo para disimular el nudo en la garganta.

Raven la miró con calma, pero sin ceder ni un centímetro.

—A ver cómo te digo esto sin ofenderte, Aurora… Tú solo eres la hermana arrimada. ¡Rowan es el señor Harrelson! —respondió con una serenidad llena de sarcasmo—. Y yo soy su esposa. Así que yo soy la señora Harrelson, y esta es MI CASA. Y si digo que quiero a Rosela fuera, entonces se larga y punto.

Raven sonreía con tanta malicia que casi parecía otra persona. Aurora etsaba acostumbrada a la niña sumisa, y ahora lo que tenía delante era una leona con acrílico de lujo en las garras.

—¿Y qué te hace pensar que Ulises va a permitir eso? —escupió con desprecio—. ¿Crees que mi hijo permitirá que eches a su novia?

Raven hizo una mueca y se encogió de hombros con indiferencia.

—Entonces Ulises puede largarse también —dijo y un segundo después les dio la espalda y se alejó taconeando, sintiendo cómo cada paso resonaba con la certeza de que estaba reclamando lo que era suyo.

Su escolta personal la seguía a corta distancia, lista para actuar si fuera necesario, pero raven se detuvo cuando llegó al jardín, sacó el teléfono y marcó un número del que sabía que obtendría una respuesta inmediata.

—Jessica... —dijo con tono urgente—. Tengo que verte.

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