CAPÍTULO 43. Batallas y guerras
Rowan llegó al edificio con el ceño fruncido. La escena no era la que esperaba. La gente apenas empezaba a entrar de nuevo, como si hubieran estado en un recreo largo y peligroso, y ahora, con desgana, retomaban sus puestos. Los bomberos se retiraban de la entrada con esa tranquilidad de quien ya sabe que todo fue una falsa alarma. Y en medio del pequeño revuelo apareció Alaric, saliendo del edificio con paso firme, pero sin ese aire apurado que la situación podría exigir.
—¿La alarma de incendios? —preguntó Rowan, y lo vio hacer una mueca de disgusto.
—Una falsa, pero fue lo único que se me ocurrió —respondió el con una sonrisa ladeada, medio divertida, mientras levantaba las manos como para justificar su acto—. Pero sirvió para retrasar la reunión.
Rowan no necesitó que le dijeran más. Entendía que su amigo había organizado ese pequeño espectáculo, y que lo había hecho para ganar tiempo, para preparar mejor la batalla que se avecinaba. Cruzaron una mirada cómplice y rápida, sin necesidad de palabras. Alaric siempre tenía trucos bajo la manga.
—Buen trabajo —le dijo Rowan en voz baja, mientras entraban juntos—. Pero esto apenas comienza.
El ascensor se detuvo en el último piso, frente al pasillo que conducía directo a la sala de juntas, donde ya se empezaba a escuchar la voz de Ottavio, desde lejos, pero con toda la claridad que le daba la emoción. Rowan movió su silla hacia adelante él y Alaric se detuvieron junto a la puerta justo a tiempo para escuchar lo que su cuñado estaba diciendo.
La voz de Ottavio era firme, medida, con ese tono ejecutivo que pretendía imponer respeto y que por momentos rozaba la arrogancia.
—Señoras y señores —comenzó Ottavio, con un leve gesto hacia los presentes—. Nos hemos reunido aquí para tomar una decisión que, aunque difícil, es necesaria para la estabilidad y futuro de nuestra empresa. Rowan Harrelson ha sido, sin duda, un líder en tiempos difíciles, pero la realidad es que su estado de salud es preocupante.
Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran hondo.
—Su enfermedad no solo afecta su capacidad para dirigir, sino que pone en riesgo la confianza de nuestros inversionistas y la estabilidad del mercado. La incertidumbre sobre su recuperación es un lastre que la empresa no puede permitirse en este momento.
Miró a su alrededor, buscando apoyo en las caras tensas, porque era evidente que resultaba más fácil conseguir apoyo de los extranjeros que no convivían con Rowan, que obtenerlo de los accionistas que estaban con él en cada junta trimestral.
—Por eso, les pido que votemos para destituir a Rowan de la presidencia. Debemos pensar en la empresa, en sus empleados, en sus familias. Si mi cuñado muere o empeora estando al frente de la compañía, las acciones caerán en picada, y será mucho peor para todos.
La sala estaba en un silencio expectante, mientras Ottavio terminaba su discurso con un ademán que pretendía ser conciliador.
—Es mejor, entonces, que la transición a un nuevo liderazgo ocurra de manera ordenada y anticipada, antes de que la crisis sea inevitable.
Rowan sintió que se le revolvía el estómago, pero sus ojos brillaron con una mezcla de furia y determinación. Sin dudarlo, empujó su silla y entró en la sala con paso firme, rompiendo el silencio de golpe.
—¿Cómo sabes que me voy a morir? —Su voz era como una navaja de cristal, directa al pecho de su cuñado—. ¿De dónde sacas esa certeza?
Le lanzó una mirada gélida a Ulises y continuó, con una sonrisa amarga.
—No te confundas. Te pusieron el apellido de tu madre solo para aparentar —le dijo mirándolo a los ojos—. Porque tu padre, el mismo que levantó una empresa con la dote de su mujer, la quebró en menos de dos años después de casarse.
La sala se llenó de un murmullo entre los presentes. Algunos bajaron la mirada, otros se miraron entre sí con incertidumbre porque aquello no lo sabían.
El silencio se volvió absoluto, como si la sala misma contuviera la respiración. La acusación era clara, directa y punzante. No había vuelta atrás.
Ottavio, con el rostro pálido y la mandíbula apretada, temblaba como si quisiera negar todo y no supiera por dónde empezar.
Rowan hizo una mueca, consciente de que aquella batalla apenas comenzaba. Sabía que había ganado una ronda, pero la guerra seguiría, porque en esa empresa, y en esa familia, las traiciones tenían más de una cara y las ambiciones no conocían límites.
Así que se giró hacia la junta directiva, clavando la mirada en cada uno de ellos.
—Y ustedes…. ¿qué esperan exactamente? —preguntó, con voz firme y resonante—. ¿Quién va a dirigir la empresa en mi ausencia? ¿El inútil que arruinó su propia empresa y que no ha dirigido otra en veinticinco años? ¿O su hijo, que ni siquiera fue capaz de graduarse con honores en la universidad privada que tuve que pagar para él?

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