CAPÍTULO 44. Una amiga y una verdad
Raven salió de la mansión sin mirar atrás. El taconeo firme de sus botas resonaba en la entrada de mármol como un tambor de guerra. Detrás de ella, su escolta se mantenía atenta, sin hacer preguntas. El auto negro la esperaba con el motor encendido, y ella subió sin decir una palabra, cruzando las piernas con una mezcla de rabia contenida y determinación.
Media hora después, el vehículo cruzaba los altos portones de su propia casa, aquella que no pisaba desde que había ido con Rowan. Todo el personal ya estaba operativo y un par de hombres de seguridad saludaron con la cabeza al verla entrar. La casa olía a limpieza reciente y cera de muebles. Nada se sentía fuera de lugar, salvo ella.
Subió directo a su habitación, sin detenerse en nada. En cuanto cerró la puerta detrás de sí, se dirigió al armario empotrado y, con una llave pequeña que guardaba en el doble fondo de uno de los cajones, abrió la caja fuerte. Dentro, todo seguía tal como lo había dejado antes de su accidente… o eso pensaba.
Sacó una carpeta negra con bordes dorados. Dentro, estaban los registros de propiedad de todas sus joyas, organizados meticulosamente, con fotos, fechas, y valores.
También estaba su joyero de viaje, ese que mantenía fluctuante dependiendo de su gusto, y por suerte el grueso de sus joyas más caras estaba en el banco. Se sentó en el borde de la cama, descalzándose mientras pasaba las hojas una por una, haciendo inventario, y su corazón comenzó a latir más rápido.
—No puede ser… —murmuró.
Contó en voz baja, luego volvió a empezar. Faltaban varias piezas: collares, anillos, pulseras. No muchas, pero sí las más caras que tenía en el joyero de viaje en el momento de su accidente.
Su rostro cambió. La sorpresa se desdibujó en una expresión de comprensión amarga; y aunque no lo dijo en voz alta, sí lo pensó con claridad: Ulises. Seguro había aprovechado su estado, su confusión, su supuesta falta de memoria. Y ahora Rosela usaba sus joyas como si fueran de ella.
—Y al final todo fue tu culpa por confiar en quien no debías —murmuró para sí misma, pero justo cuando volvía a guardar todo con cuidado, alguien llamó a la puerta.
—¿Sí? —dijo Raven, aún con el ceño fruncido y una joven del servicio apareció asomando la cabeza.
—Señora, su amiga Jessica acaba de llegar. Está en la biblioteca.
Raven asintió y se puso de pie sin prisa.
—Gracias. Ya voy.
La biblioteca era uno de sus rincones favoritos, cálida, con paredes llenas de libros, sillones de cuero y una vista preciosa al jardín. Allí estaba Jessica, de pie frente al escritorio, dejando una carpeta encima como si fuera un trofeo.
—Te tengo noticias —dijo ella, con ese brillo divertido en los ojos mientras la abrazaba—. Pero no esperaba que regresaras tan pronto.
Raven sonrió a medias, aún tensa, pero agradecida por verla.
—Rowan tuvo una emergencia en su empresa. Ahora cuéntamelo todo —pidió Raven.
—Pues para eso necesito una mimosa antes —suspiró Jessica—. Después de la cantidad de información que conseguí por seducir al detective del caso, ¡me la merezco!
Ambas se rieron, y en cuestión de minutos estaban sentadas una frente a la otra: Jessica con su copa en la mano, Raven con la mirada fija en la carpeta.
—¿Qué encontraste? —preguntó y Jess se acomodó en el sofá, cruzando una pierna sobre la otra.
—Hace dos años, cuando fue tu accidente, solo te salvaste porque otro coche se metió entre el tuyo y la grúa que te iba a impactar —le dijo con tono serio, uno que además estaba lleno de preocupación por cómo ella iba a reaccionar.
Raven asintió lentamente.
—Fue el auto de Ulises —afirmó, con seguridad, porque eso era lo que recordaba.
—No —respondió Jessica, dándole un sorbo a su mimosa—. O sea, sí fue un auto de la mansión Harrelson, sí, pero no era Ulises quien lo conducía.
—Sí fue así, entonces lo ha callado todo este tiempo.
—¿Por qué? —preguntó Raven sin girarse.
—No lo sé —dijo su amiga.
Raven se giró hacia ella, con la voz temblorosa.
—¿Hay algo más que sepas sobre su historial médico?
Jessica negó con la cabeza lentamente.
—Lo operaron cuatro veces más. Ninguna tuvo éxito. El daño es irreversible. Pero, Raven… Ulises lo sabía, sabía que no era él quien te había salvado y se aprovechó de la situación. Te mintió en la cara mientras le agradecías por algo que no hizo.
Raven cerró los ojos un momento. El corazón le latía con fuerza, como si quisiera salírsele del pecho. Era una mezcla de rabia, tristeza, culpa… y algo más profundo: amor. Amor por alguien que, incluso cuando tenía todo en su contra, la había elegido a ella. Sin pensarlo. Sin condiciones.
Jessica la observó un instante, luego se acercó y le tomó la mano.
—¿Qué vas a hacer?
Raven se secó las lágrimas con los dedos, tomó aire y lo soltó despacio. La respuesta estaba más clara de lo que pensaba.
—Voy a arreglarlo —dijo con voz baja pero decidida—. Todo.

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