CAPÍTULO 45. Una demanda y un heredero
La atmósfera en la sala de juntas estaba cargada de tensión. El aire, aunque fresco por el sistema de ventilación, se sentía denso, espeso, como si las palabras no dichas se acumularan en cada rincón. Rowan miraba a todos desde su silla de ruedas con la misma determinación con la que siempre había dominado cualquier espacio. Sus ojos, helados y agudos, se clavaban en cada uno de los presentes, porque estaba completamente seguro de que alguno se habría dejado seducir por Ottavio.
Los murmullos se apagaron de un momento a otro y en efecto, solo uno de los inversionistas más jóvenes se atrevió a dirigirse a él.
—Señor Harrelson —dijo con voz nasal—. No es por faltarle al respeto, pero no podemos negar que es muy arriesgado que algo le pase a usted y que la empresa enfrente una crisis.
Rowan levantó una ceja, ladeando ligeramente la cabeza, y su voz fue seca y cortante.
—¿Y por qué me pasaría algo? —preguntó con frialdad—. ¿O es que ya planearon asesinarme?
Un silencio incómodo se apoderó del lugar. Ottavio, sentado a dos puestos de distancia, se movió nervioso en su silla y se aclaró la garganta con torpeza antes de hacerse el ofendido.
—¿Cómo puedes decir semejante cosa? ¡Nadie está hablando de eso! —dijo, intentando mantener la compostura—. Solo decimos que… bueno, todos saben que tu condición es muy delicada. ¡Los médicos lo han dicho….!
Rowan giró entonces lentamente hacia su amigo sin mirar a Ottavio.
—Alaric —dijo en voz alta, con esa calma que solo precede a una tormenta—, prepara una demanda contra el hospital y todos los doctores que han compartido mi información médica sin mi consentimiento. —Y sabía que no era cierto, o en parte sí. Su médico tenía permitido dejarse sobornar por Ottavio y pasarle información falsa, por eso precisamente toda su familia creía que estaba muriendo—. También llama a la policía, quiero una investigación a fondo para saber quién solicitó mis datos y cómo fue que se sobornó al personal para conseguirlos.
El murmullo se hizo más fuerte esta vez, como un oleaje inquieto. Ottavio alzó las manos, incómodo y su tono era de frustración y ansiedad.
—¡Por Dios, Rowan! ¡No hay necesidad de llegar a tanto, por favor! —bufó como si le estuviera diciendo exagerado.
Pero Rowan lo miró de frente, sin pestañear.
—Y tampoco había necesidad de convocar una junta directiva a mis espaldas —replicó con una sonrisa sarcástica—. Pero igual lo hiciste.
Ottavio abrió la boca para contestar, pero Ulises fue más rápido. Se puso de pie con aire de superioridad y caminó lentamente hacia el centro de la sala.
—Tienes que ser consecuente, tío —dijo con voz firme—. Esta empresa necesita liderazgo, ¡necesita energía! No podemos permitir que todo colapse por tu orgullo. ¡Es hora de pasar la dirección a alguien con más… vitalidad!
Rowan soltó una carcajada que retumbó en las paredes de madera. Una risa seca, amarga, pero completamente llena de vida.
—¿Vitalidad? —repitió burlón—. Si quieres hablar de eso, pregúntale a mi esposa cómo regresó de nuestra luna de miel.
Rowan giró su silla hacia él con lentitud, como un maestro que está a punto de corregir a un alumno particularmente necio.
—Sí, claro —respondió—. Y tienen menos del dos por ciento de las acciones. Ni siquiera son relevantes para tomar decisiones.
—¡Eso no importa! —insistió Ottavio, elevando la voz—. ¡Ulises al final es el único heredero de los Harrelson! ¡El único que quedará después de ti y por supuesto que tu fortuna será para él porque… bueno… tú no tienes descendencia!
Rowan soltó una risita casi divertida, pero sus ojos seguían brillando con esa chispa peligrosa.
—Eso está por verse —dijo ladeando la cabeza—. Ulises es tu hijo, es un Carmighan, no un Harrelson. No tengo por qué dejarle nada, de hecho, no pienso hacerlo. Especialmente ahora que pronto tendré mi propio heredero. Así que preocúpate por buscar otro sueño en el que gastar el dinero que ya no vas a recibir.
Ulises abrió la boca, pero no emitió sonido alguno. Se quedó congelado, con la mandíbula tensa y los nudillos blancos, sin poder creer lo que estaba escuchando.
El resto de la junta directiva se revolvía en sus asientos, inquietos, incómodos. Nadie se atrevía a romper el silencio. Todos sabían que Rowan Harrelson acababa de dinamitar el suelo bajo los pies de Ottavio y Ulises con la mezcla perfecta de elegancia y brutalidad.
—No… —murmuró Ulises con los ojos muy abiertos, y al primer paso que dio hacia Rowan, Alaric se metió en medio con como un escudo viviente.
—Muévete un centímetro más y vas a escupir los dientes en fila —lo amenazó con una sonrisa que era un desafío abierto, uno de esos de los que definitivamente era mejor cuidarse.

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