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REY DE ESPADAS. La novia forzada romance Capítulo 46

CAPÍTULO 46. Cena y espectáculo

Rowan observó a Ulises desde su silla de ruedas, con la barbilla en alto y la mirada firme. Sus ojos recorrían lentamente el rostro de cada miembro de la junta, como si quisiera grabarse en la memoria quiénes se habían atrevido a seguirle el juego a Ottavio en esa reunión sin su autorización. El silencio en la sala era denso, como si el aire se hubiera detenido a la espera de lo inevitable.

—La junta se suspende —dijo de pronto, y su voz fue seca y sin rodeos.

Un murmullo apenas contenido cruzó entre los presentes, pero nadie se atrevió a contradecirlo.

—Y si alguno de ustedes quiere votar para destituirme —continuó sonriendo de medio lado con un toque de sarcasmo—, que sea en una reunión formal de accionistas como corresponde. Yo mismo la convocaré, pero por el momento, es mejor que se vayan a casa.

El tono de su voz no admitía discusión. Nadie se levantó de golpe ni alzó la voz, solo comenzaron a recoger sus papeles, mirándose unos a otros con incomodidad. Algunos habían llegado con la esperanza de derrocar a un hombre que creían debilitado, pero se habían encontrado con una versión más peligrosa de él. Una que no solo no estaba vencida, sino que parecía más aguzada que nunca.

Ottavio fue el primero en dar un paso hacia la puerta, con el rostro descompuesto y la mandíbula apretada. Detrás de él, Ulises lo siguió, visiblemente furioso. Sus pasos retumbaban sobre el suelo de mármol como si aplastara serpientes imaginarias.

Cuando el último accionista cruzó la puerta, el aire pareció aliviarse. Alaric, que había estado más tenso que un oso disecado, se aproximó con una expresión burlona en el rostro, como si acabara de salir de una pelea de bar, y no de una guerra empresarial.

—Nos vamos a autoinvitar a la cena de bienvenida —anunció con una sonrisa torcida y Rowan lo miró, arqueando una ceja.

—¿Qué cena de bienvenida? —preguntó sin saber a qué se refería, pero Alaric se encogió de hombros, como si la respuesta fuera obvia.

—La que vas a hacer en tu casa. ¿O acaso piensas que te vamos a dejar solo con Ottavio y su cría rabiosa sueltos por ahí? No, gracias. Yo quiero que sigas vivo, así que hasta que las aguas se calmen, tú necesitas vigilancia veinticuatro siete.

Rowan soltó un suspiro cansado, más por resignación que por molestia. Sabía que Alaric tenía razón. Desde que Ulises y Ottavio habían empezado a moverse tan agresivamente, todo podía pasar. Y aunque no lo admitiera en voz alta, tener a sus amigos cerca le daba un extraño tipo de seguridad.

—Aún no tengo pruebas suficientes contra ellos —murmuró como si Alaric le hubiera preguntado por qué no le ponía fin a todo—. No quiero solo debilitarlos, quiero sacarlos de la empresa de una vez por todas y verlos pasar el resto de sus días en la maldita cárcel.

Alaric se apoyó en el respaldo de una silla vacía y lo observó con una mezcla de admiración y preocupación.

—Antes estaba Raven de por medio —dijo con voz más baja—. Ella estaba con Ulises, eso significaba que estaba en peligro, lo entiendo; pero ahora que es tu esposa, ya está contigo, tienes que pensar si vale la pena seguir arriesgándola por una venganza.

Fue un beso descarado, provocativo, cargado de intención, más lujurioso que romántico, como si fuera un mensaje o más bien una declaración de intenciones.

Cuando se separó de él, se volvió hacia Cedric, Alaric y Tristan, que miraban cada uno en una dirección distinta, rascándose la nuca o carraspeando. Su voz fue dulce como la miel, pero su mirada tenía la ferocidad de un depredador.

—Estuve a punto de disculparme con ustedes —dijo haciéndoles un guiño—, pero después de todo son los mejores amigos de mi esposo, y presiento que les va a gustar el espectáculo.

Ninguno de los tres se atrevió a responderle y un segundo después Raven caminó lentamente por la sala, como una reina que inspecciona su territorio. Sus tacones resonaban con fuerza, marcando el ritmo de la tensión, y su mirada se clavó en Rosela, que estaba sentada con aires de inocencia fingida, como si no supiera lo que se venía.

Raven se detuvo frente a ella. No dijo nada al principio, solo la observó con una expresión que mezclaba desprecio y superioridad. Luego, con un movimiento rápido y sin aviso, le arrancó aquella gargantilla que llevaba en el cuello desde la mañana. El cierre se rompió con un chasquido seco, y el tirón dejó una marca roja y dolorosa en la piel de Rosela, que soltó un jadeo, escandalizada.

—¿Qué demonios…? —empezó a decir, pero Raven la interrumpió con una sonrisa sarcástica.

—¿Por qué no están tus mierd@s en la calle?

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