CAPÍTULO 47. Ladrones y diamantes
Rosela se quedó paralizada, con la mano contra su garganta, donde unos segundos antes colgaba el collar de diamantes amarillos. Su rostro se descompuso, como si no entendiera qué acababa de pasar. La seguridad con la que había entrado esa noche se evaporó de golpe, dejándola en una mezcla de miedo y rabia contenida. Su pecho subía y bajaba de forma irregular, con los ojos muy abiertos clavados en Raven, como si esperara que todo fuera una broma.
—¿Estás loca? —balbuceó, apenas encontrando su voz.
Pero antes de que pudiera decir algo más, Ulises se lanzó hacia adelante, interponiéndose entre ella y Raven como si quisiera proteger a una presa herida. Su cuerpo estaba más tenso que en los últimos días y eso ya era decir mucho. Tenía el rostro crispado por una furia que luchaba por contener y sus pupilas estaban dilatadas. Todo en él parecía en trance, como si jamás hubiera esperado que Raven fuera capaz de levantarle la mano ni a una mosca.
—¡¿Qué demonios estás haciendo?! —le gritó, con el tono de quien cree que aún tiene control sobre la situación.
Y ella ni se inmutó. Lo miró con calma, casi con lástima, como si su escándalo no mereciera ni su enfado. Se irguió ligeramente, alzando el mentón con una elegancia refinada y luego lanzó el collar sobre la mesa del comedor
—Fui muy clara esta mañana, Ulises —dijo con voz lenta, cortante—. ¡Ah, que tú no estabas aquí porque estabas muy ocupado en tu “juego de golf” —hizo comillas con los dedos—, traicionando al hombre que te da de comer, como el perro malagradecido que eres!
—¡Raven! —gritó él con los ojos desorbitados.
—Le dije a Rosela esta mañana que se largara de mi casa. ¿Exactamente qué sigue haciendo aquí, entonces?
Ulises bufó, dando un paso más hacia ella. Sus puños se cerraban a los costados como si no supiera qué hacer con las manos. Su ceño fruncido hablaba de incredulidad, de vergüenza, de esa clase de orgullo herido que nace del desprecio público, mientras su novia se colgaba de uno de sus brazos como una indefensa muñequita de anime.
—¡Tú no tienes ningún derecho a echar a Rosela! —espetó, como si gritándolo con más fuerza pudiera hacerlo más cierto.
—Tengo más derecho que tú —replicó Raven, mirándolo directo a los ojos, sin parpadear—. Porque ahora, en caso de que lo hayas olvidado, yo soy la señora de esta casa.
Las palabras flotaron en el aire como un puñetazo invisible. La tensión en el salón se cargó de electricidad, y hasta el cuarteto de reyes dejó de respirar por un segundo. La servidumbre fingía estar ausente, pero sus ojos se desviaban hacia la escena con disimulo mal ensayado.
Ulises se río con desprecio, sacando el pecho como si eso le diera autoridad.
—¿De verdad crees que ese título te sirve de algo? —le preguntó con sorna y Raven entrecerró los ojos, con una sonrisa gélida en los labios.
—Pues fíjate que sí, creo que sirve más mi título de esposa —dijo con burla—, que el tuyo de sobrino arrimado y traidor.
La frase cayó como una bomba. Hubo un murmullo contenido y Rosela tragó saliva visiblemente.
Sacó una carpeta de su bolso y la arrojó sobre la mesa con un golpe seco. Las hojas se desparramaron ligeramente, revelando documentos, registros, y una foto impresa en color. El sonido del papel contra la madera pareció sacudir a todos los presentes; y Raven tomó uno de los documentos y lo levantó para que todos lo vieran.
—Este es el registro de propiedad de ese collar. El que le arranqué a tu novia hace cinco minutos. ¿Cómo explicas que Rosela esté usando una de mis joyas más caras?
Ulises miró la carpeta con los ojos muy abiertos, luego a Rosela, luego de nuevo a Raven. Tardó unos segundos en reaccionar y cuando por fin habló, su voz sonó forzada, como si estuviera improvisando sobre la marcha.
—¡Estás equivocada! —dijo fingiendo una seguridad que estaba lejos de sentir—. ¡No seas tan arrogante, no eres la única persona en el mundo con dinero! —siseó con una mueca despectiva mientras la miraba como si fuera basura—. A Rosela le gustó ese modelo y yo simplemente le mandé a hacer uno igual.
Raven lo miró fijamente por un largo segundo y luego una carcajada salió de sus labios. No fue una risa amable. Era la carcajada seca, afilada y amarga de quien acaba de ver al mentiroso más torpe del mundo intentando tapar un agujero con una servilleta mojada.
—¿En serio? —le dijo entre risas—. ¿Y también le mandaste a poner igualitos los números de serie?
Ulises dejó de respirar. La mirada se le nubló y abrió y cerró los labios sin que ninguna respuesta saliera. Y Rosela solo lo miraba, pálida, como si quisiera desaparecer entre los cojines del sofá. La vergüenza se les notaba en los poros.
—¿Qué pasa? —le preguntó Raven, divertida—. ¿No sabías que cada diamante tiene un número de serie grabado con láser?

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