CAPÍTULO 49. Vergüenza y sospechas
Aquellas palabras fueron como una sentencia. Una que nadie esperaba… salvo quizás Raven.
Ulises palideció. Por un momento pareció tambalearse, como si sus piernas no pudieran sostener el peso de la decisión que acababa de recibir. Quiso hablar, decir algo, pero no encontró palabras.
Rosela, que hasta entonces había estado inmóvil como una estatua, dejó escapar el jadeo ahogado de quien se sabe atrapado y sin salida.
Y en medio de todo, Raven permanecía de pie, como una emperatriz sin corona pero con todo el poder. Su pecho subía y bajaba lentamente, lleno de tensión contenida, pero su rostro seguía sereno. Sabía que acababa de recuperar mucho más que sus joyas. Había recuperado su voz… y su lugar.
—¿¡Cómo puedes permitir esto, tío!? —gritó por fin Ulises, completamente fuera de sí, con el rostro enrojecido por la furia y el orgullo herido—. ¡¿Te volviste loco?! ¡¿Cómo puedes dejar que esta mujer nos dirija…!?
Su voz resonó como una bofetada en la sala, pero cuando dio dos pasos hacia él nadie se inmutó… excepto Cedric, que se adelantó con calma, como quien camina hacia una mosca molesta.
Pero toda la calma fue sustituida por amenaza y sarcasmo cuando un segundo lo agarró sin ceremonias del cuello de la camisa y lo acercó con fuerza apenas contenida, tan cerca que Ulises pudo sentir el calor de su gruñido.
—La señora de la casa te dio una orden; y el señor de la casa también —le dijo, con los ojos clavados en los suyos, duros como granito—. Así que lo que vas a hacer ahora, es ir a buscar esas joyas antes de que los dos se pongan aún más incómodos, porque tuvieron hoy un largo viaje para impedir tus porquerías, y se merecen terminar la noche con alguna buena noticia. Tú decides si esa noticia es la devolución de las joyas o una monumental paliza que te dé yo.
Ulises abrió la boca para protestar, pero lo pensó mejor. Cedric no parecía estar de humor para más teatro y era de los que no daban una segunda advertencia… ¡A veces ni la primera!
Giró sobre sus talones con brusquedad y, sin mirar a nadie, se volvió hacia Rosela, que seguía en la esquina, rígida, pálida, con el maquillaje comenzando a correrle por los bordes de los ojos.
—¡Ve a buscar las joyas! —le ladró.
—¡No! —respondió ella, sacudiendo la cabeza, con la voz temblorosa—. ¡Son mías… tú me las regalaste…!
—¿¡Quieres ir a la cárcel!? —le siseó Ulises, cruzando la distancia entre ellos de dos zancadas.
Rosela dio un respingo, humillada, vencida. Tragó saliva, se giró sin decir nada más y desapareció escaleras arriba. Se le notaban los pies temblorosos incluso desde la sala. Cuando volvió, traía una caja mediana, elegante, de terciopelo azul, y la sostenía como si le quemara las manos.
Ulises le arrancó la caja sin mirarla y, sin el menor cuidado, la arrojó sobre la mesa con fuerza. Las joyas tintinearon al caer unas sobre otras, brillando entre los pliegues del forro.
—¡Ahí las tienes! —escupió con desprecio, mirando a Raven con los labios torcidos—. Definitivamente eres una mujer muy mezquina, y al parecer no tan rica como aparentas. Porque si lo fueras, no estarías mendigando ni haciendo escándalo por unas pocas joyas de porquería.
Raven apenas alzó una ceja, manteniendo la compostura con una elegancia imperturbable. La furia que sentía no era nueva. Solo se estaba sirviendo fría.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: REY DE ESPADAS. La novia forzada