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REY DE ESPADAS. La novia forzada romance Capítulo 50

CAPÍTULO 50. Agradecimiento y desesperación

Rowan no apartaba la mirada de Raven. Había algo en su expresión que mezclaba asombro con orgullo. Era como si estuviera viendo, por primera vez, a su esposa en todo su esplendor. Una mujer fuerte, decidida, que no solo se defendía a sí misma, sino que tomaba el control como si hubiera nacido para ello.

Después de unos minutos, el joyero levantó la vista y asintió con gravedad.

—Todas las piezas son auténticas —confirmó—. Y sí, coinciden con los registros que me entregó la señora. Incluso los números de serie grabados en los diamantes corresponden, por suerte ninguno fue sustituido por un diamante falso.

Y aquel “por suerte” hacía evidente que creía los culpables capaces de esa atrocidad y más.

Un suspiro de alivio casi imperceptible escapó de entre los labios de Raven, y asintió con serenidad, como quien sabe que todo está yendo exactamente según lo planeado.

—Perfecto —dijo—. Entonces, licenciado Vélez, ¿podría por favor redactar la cesión de estas joyas? Voy a regalarlas.

Ulises arqueó las cejas, incrédulo y a su lado Rosela se adelantó con los ojos como platos.

—¿Vas a qué? —y fue Aurora la que preguntó, porque a cada segundo parecía más consternada.

—Voy a regalarlas —repitió Raven sin mirarla—. No me interesa tenerlas de vuelta en mi colección. Pero quiero que conste que me pertenecen, que fueron robadas y que yo decido ahora a quién las voy a entregar. La gente debe saber que no pueden jugar con mi memoria, ni con mi nombre.

El notario sacó su pluma estilográfica y se inmediato se sentó en la mesa donde antes había estado el joyero y comenzó a escribir.

—Licenciado Vélez —dijo con claridad, de modo que todos pudieran oírla—, las tres señoras que están aquí presentes han estado al servicio de mi familia toda su vida. Las tres cuidaron de mí desde que era una niña, mucho antes de que yo supiera siquiera qué era una joya. Quiero que reparta las piezas de forma equitativa, en cuestión de valor, y que las ponga a nombre de ellas. Si acaso quisieran venderlas, pueden hacerlo con total libertad, le pido por favor que las ayude en lo que necesiten respecto a eso.

Las tres mujeres mayores se miraron entre sí con los ojos bien abiertos, como si no acabaran de comprender lo que habían oído. Una de ellas, la mayor en edad, se llevó una mano al pecho.

—Señorita… bueno, señora… usted no puede estar hablando en serio… —murmuró con voz temblorosa.

—¡Oh, claro que sí estoy hablando en serio, Ágatha! —respondió Raven, con una calidez que desentonaba con la tensión que aún colgaba en el aire—. Ustedes me cuidaron, me protegieron, me mimaron desde que llegué a este mundo, ha cuidado de toda mi familia. Les debo mucho más que esto.

Antes de que alguna pudiera decir algo más, Raven se acercó y las abrazó a las tres con fuerza, como si quisiera devolver, con ese gesto, cada año de servicio y lealtad que ellas le habían ofrecido. Las mujeres se quedaron quietas al principio, sorprendidas, pero luego correspondieron al abrazo con los ojos empañados por las lágrimas.

Fue un momento tan dulce como incómodo para los que miraban desde la otra esquina de la sala, en especial para quienes habían perdido millones que ya habían considerado suyos y ahora veían cómo se los entregaban a personas que creían muy inferiores.

Así que por supuesto Rosela fue la primera en perder el filtro y la compostura.

—¡¿Pero tú estás loca o qué te pasa?! —gritó de pronto, apartándose con brusquedad del rincón donde había estado haciendo pucheros, como una actriz a la que de pronto le quitaron el foco.

CAPÍTULO 50. Agradecimiento y desesperación 1

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CAPÍTULO 50. Agradecimiento y desesperación 3

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