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REY DE ESPADAS. La novia forzada romance Capítulo 51

CAPÍTULO 51. La familia de mentira y la familia de verdad

Raven se cruzó de brazos y miró a Rosela como si fuera una cucaracha que acababa de meterse en su cocina de mármol. Su tono era sereno, pero en sus ojos brillaba una furia helada, de esas que no se gritan: se sostienen con la mirada.

—Ulises solo es un oportunista, más mantenido que flojo y más inútil que interesado —dijo, dejando caer la frase con un peso que llenó la sala—. No esperes que se sacrifique para conservarte si eso implica renunciar a su comodidad.

Rosela abrió la boca como si fuera a protestar, pero no emitió ni un sonido. Se quedó ahí, en medio del salón, rodeada por las miradas incómodas de extraños que ya no parecían dispuestos a fingir cortesías.

—En esta casa —continuó Raven con voz firme—, el único hombre con dinero es el mío. El resto… —hizo una pausa dramática y ladeó la cabeza con esa sonrisa que anunciaba tormenta— son todos unos parásitos.

Rosela tragó saliva y sus mejillas se enrojecieron por la humillación pública.

—Así que te largas de una vez —remató Raven, dando un paso hacia ella—. O llamo a seguridad para que te saquen a rastras. Y que no se te olvide recoger tus mechas falsas por el camino.

La amenaza quedó flotando como un cuchillo suspendido en el aire. Rosela no respondió, solo apretó los labios, dio media vuelta con la dignidad tan rota como sus tacones, y se fue sin mirar atrás. Su impotencia hacía tanto ruido como sus zapatos resonó en los mármoles como si la casa la escupiera.

Y Ulises... Ulises simplemente desapareció. Ni un adiós, ni una excusa. Cuando todos se giraron, él ya no estaba. Ni siquiera esperó a que Rosela saliera para acompañarla. Literalmente, se esfumó.

Uno a uno, los invitados comenzaron a marcharse. Algunos con educación, otros con miradas incómodas, y unos cuantos con una especie de respeto silencioso hacia Raven, como si hubieran presenciado la coronación de una nueva reina... o el linchamiento público de una impostora. La sala quedó en un murmullo cada vez más débil, hasta que solo quedaban Ottavio y Aurora como contendientes.

Ottavio se acercó a Raven con paso firme, con el rostro tenso como si acabara de tragarse algo amargo.

—¡Eso fue completamente innecesario! —espetó sin rodeos, con ese tono paternalista que siempre había usado para dejar claro que se creía por encima del resto.

Pero Raven no tuvo tiempo de responder. Rowan, que hasta ese momento había estado callado, soltó un gruñido bajo, como si le hiciera gracia lo que acababa de oír.

—Claro que lo dices tú —le dijo con un gesto sarcástico—. Es lógico que defiendas a un ladrón. Después de todo, Ulises es el resultado de tu crianza, ¿no?

Ottavio se puso rígido como un poste. El golpe no fue físico, pero se sintió como un puñetazo directo al orgullo.

—¡No hables así de tu familia! —intervino Aurora, intentando dominar el ambiente con una elegancia forzada—. ¡No hay razón para ofendernos de esa manera!

Rowan la miró con una ceja alzada, con esa mezcla de decepción y rabia contenida que le salía solo cuando estaba al límite.

—¿No hay razón? —repitió con sorna—. ¿Y robarle a la familia sí tiene justificación? ¿Tú no sabías nada, Aurora? ¿Nada de lo que tu marido y tu hijo planeaban hacer a mis espaldas? ¿O es que estabas de acuerdo con que le arrebataran la empresa a tu propio hermano?

Aurora vaciló por un instante, y eso bastó para que el silencio se volviera incómodo otra vez.

—Rowan… tú sabes muy bien que ya no deberías seguir en la empresa —respondió ella finalmente, como si su tono resignado sirviera de argumento suficiente—. Tu salud no está bien. ¡Todos lo vemos!

Rowan soltó una carcajada seca y sin una pizca de humor.

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