CAPÍTULO 52. Secretos y motivos
La cena transcurrió en la cocina, lejos de la pomposidad del comedor principal, como si todos los presentes hubieran decidido, de forma tácita, que después del espectáculo de la noche, lo que necesitaban era un poco de normalidad. Algo cálido. Algo real. Había platos sencillos, vino de sobra y muchas bromas, como si el aire tenso del drama familiar se hubiera evaporado.
Cedric no dejó de contar anécdotas absurdas, Tristán imitó a Rosela llorando por sus “joyas de porquería” y Alaric, entre risas, propuso crear un reality show con el nombre La Harrelsonada. A Rowan se le escapaban sonrisas discretas, pero constantes. Y Raven... bueno, Raven se veía cómoda. Cómoda y segura. Sentada junto a él, con el mentón en alto y los ojos brillantes, era imposible no notarlo: ella estaba exactamente donde quería estar.
Sin embargo la cocina era un lugar demasiado público a pesar de todo, y por supuesto que no faltaron todavía más bromas mientras Raven le daba de comer a su esposo.
—¡El día que te quiera poner picante en esa comida, vas a llorar! —suspiró Alaric divertido.
—¡Deja tú el picante! ¡El día que le quiera poner laxante! —apuntó Tristán.
—¡Oigan, oigan! Cualquiera que los escuche creerá que soy una mujer fatal o algo así —se quejó Raven con un puchero aparente.
—¡Cualquiera no, nosotros lo pensamos! —se carcajeó Cedric.
Después de cenar, los chicos se despidieron uno a uno y se fueron a los cuartos de huéspedes, arrastrando risas, servilletas en los hombros y comentarios indecentes. La casa quedó en calma. Una calma suave, como esas que solo llegan cuando uno ya ha dicho todo lo que había que decir.
Raven y Rowan subieron a su habitación, ella caminando despacio, él conduciendo su silla sin prisa, detrás, como si disfrutara del simple hecho de verla caminar delante de él por el pasillo. Cuando por fin cerraron la puerta de su habitación y le pasaron el seguro, Raven se dio la vuelta con una sonrisa curiosa.
—¿Cuándo conociste a esos tres? —le preguntó, desabrochándose lentamente el botón superior de su blusa.
Rowan se detuvo frente a ella y soltó una mueca nostálgica.
—Cuando era joven y estúpido —respondió, dejando que una media sonrisa se le asomara en los labios.
Raven arqueó una ceja y caminó hacia él.
—¿Hace tan poco? —soltó con inocencia fingida y los dos se rieron al mismo tiempo.
Esa risa compartida, fácil, sin filtros, era una de las cosas que más empezaba a gustarle a Rowan… y ni siquiera necesitaba admitirlo en voz alta porque ella lo sabía.
Raven se inclinó y le acarició el cabello con suavidad, luego se incorporó de golpe.
—Me voy a ocupar de ti en un segundo, esposo mío. Dame un momento para prepararte el baño —le avisó.
Rowan no dijo nada, solo la observó mientras caminaba al baño con paso firme, como si llevara la situación completamente bajo control. El sonido del agua comenzó a llenar el espacio, seguido por el burbujeo de la espuma. El vapor empezó a empañar el gran espejo sobre el lavabo mientras el aroma de aceites y sales comenzaba a perfumar el aire.
Raven se agachó junto al jacuzzi para ajustar la temperatura y añadir más espuma. Sabía que en la casa Rowan no se despegaba de esa silla, no tenía idea de si había cámaras o micrófonos o simplemente quería actuar hasta el final para lograr su objetivo, pero no tenía ninguna intención de presionarlo para que actuara de otra manera.
Estaba justo por girarse, satisfecha con jacuzzi listo, cuando sintió que algo —o más bien, alguien— se pegaba a su espalda.
—Rowan… —jadeó sorprendida, y cuando su respiración cálida rozó su cuello, ella no pudo evitar sonreír, en silencio.


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