CAPÍTULO 56. Votaciones y traiciones
Ottavio se levantó de su asiento como si el respaldo lo hubiese quemado. Tenía la mirada cargada de furia contenida, y su voz, cuando habló, resonó por toda la sala de juntas con una seguridad que sonaba más a venganza que a liderazgo.
—¿Crees que llamar al equipo legal hará que los abogados de alguna manera te salven de esta? —espetó con molestia—. ¡Ya no hay espacio para que hagas ninguna jugada! !Exijo que se vote de inmediato la destitución de Rowan Harrelson como CEO de esta compañía!
Un silencio denso se tragó el oxígeno. Todos se miraron entre sí, incómodos, como si no supieran si debían intervenir o simplemente quedarse callados para no involucrarse.
Pero Rowan solo miró a su cuñado con el mismo asco con que habría mirado a una lombriz.
—El equipo legal solo defiende a esta empresa, maldito ignorante, y sin ellos no puede proceder ninguna votación interna, porque son quienes dan fe de que los procedimientos sean legales —le espetó—. ¿Ni siquiera me sacas del puesto y ya estás demostrando lo zoquete que eres?
Ottavio casi tembló de la impotencia, pero ni cómo darle un puñetazo a un paralítico ¿verdad? Por más ganas que tuviera, eso no se vería demasiado bien frente a la junta directiva.
Y como cuando Rowan daba una orden no tardaba nada en cumplirse, muy pronto los miembros del equipo legal, estuvieron sentados al fondo de la sala y comenzaron a preparar sus dispositivos, incluyendo una cámara de grabación para dejar constancia en video. Uno de ellos, un hombre calvo con gafas de marco grueso, alzó la voz con calma profesional:
—Procederemos con la votación conforme al artículo 14.3 de los estatutos. Todos los accionistas están obligados a emitir su voto de forma verbal y directa para que quede constancia en acta —sentrnció—. Nadie puede abstenerse.
Rowan no dijo ni una sola palabra. Observaba la escena como si fuese parte de una película aburrida que ya sabía cómo iba a terminar. Raven, en cambio, sentía el corazón apretado. Desde su lugar, apenas un poco detrás de él, lo miraba con un nudo en el estómago. No por miedo a la derrota… sino por la injusticia de todo aquello. A fin de cuentas ella había logrado salvar su empresa de las garras de Ulises ¿y ahora no podía ayudarlo a salvarl la suya?
Eso le carcomía el corazón, pero no podía hacer nada más que confiar en él.Ý entonces todo comenzó.
El primer accionista, un hombre rechoncho con rostro sudoroso, levantó la mano.
—Voto por la destitución —dijo y en la cara de Rowan no se movió ni un músculo.
El siguiente dudó, bajó la vista a los papeles que tenía frente a él, tragó saliva, y dijo casi en susurros:
—También voto por la destitución.
Uno tras otro fueron pronunciándose. Algunos con precaución, otros con visible arrepentimiento en la voz. Pero todos votaban en contra de Rowan. Todos… excepto dos.
—Yo voto en contra de la destitución —dijo con voz firme el señor Wilkins, uno de los accionistas más antiguos de la empresa—. No votaré por entregarle esta empresa a un mocoso sin experiencia.
—Yo tampoco —añadió el señor Goodman con su acento elegante y su gesto severo—. Harrelson aún tiene mucho por hacer y los medios se pueden controlar, siempre lo hemos hecho.
—La empresa no se cayó cuando él tuvo el accidente, no tiene por qué quebrar ahora —gruñó Wilkins.
Pero eso solo lo pensaban ellos dos. Solo dos respaldos.


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