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REY DE ESPADAS. La novia forzada romance Capítulo 6

JOKER. CAPÍTULO 6. Un entusiasmo inesperado.

La señora Kobayashi se quedó de piedra cuando se asomó a aquella biblioteca y lo primero que escuchó fue la última declaración de su hijo, resonando por toda la estancia.

—¡Pues no sé yo si el “flagélame” sea muy decoroso para un hombre de tu categoría hijo! —murmuró haciendo que los dos se giraran, y Akira se pusiera más rojo que un tomate—. Pero ya que mi hijo está de ofrecido, señorita Mizuhara, creo que no deberías desaprovechar esta oportunidad.

Akira se atragantó con su propia saliva. Tosió, carraspeó y dejó el vaso sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—¡Madre, por favor!

—¡Lánzate y besuquéalo! —exclamó la señora Kobayashi y Sakura la miró con expresión sorprendida solo durante un segundo. Luego negó despacio con la cabeza, sin dramatismo ni incomodidad visible.

—Gracias, señora Kobayashi, pero estoy segura de que esa es una oportunidad que quiero perder —respondió con total tranquilidad.

La madre de Akira soltó una carcajada breve, claramente divertida, y se encogió de hombros.

—Qué lástima —comentó—. Con lo bien que se verían juntos.

—Por supuesto, ya me imagino el cuadro: su hijo con una katana en una mano y mi cabeza en la otra. —Sakura rodó los ojos—. Le agradezco pero me gustaría mantenerla pegada a mi cuerpecito.

La señora Kobayashi no evitó la risa y solo les hizo un gesto lleno de amabilidad.

—Bueno, ustedes niños pueden seguir peleando luego. Ahora vamos a cenar.

Se dirigieron a un hermoso comedor y Sakura trató de no parecer demasiado impresionada ni por el entorno ni por la vajilla, que debía valer la fortuna de dos o tres familias juntas.

La mesa estaba servida con una pulcritud impecable, demasiado ordenada para una cena improvisada. Sakura ocupó el lugar frente a Akira y él se dio cuenta de que la muchacha observaba más de lo que hablaba, como si estuviera registrando cada detalle sin esfuerzo consciente.

La cena empezó y de repente el ambiente empezó a cambiar. Ya no era formal ni distante, sino extrañamente íntimo, cargado de una tensión suave, difícil de definir. La señora Kobayashi era naturalmente dulce, y observaba a Sakura con una curiosidad abierta, evaluándola sin disimulo, como quien intenta entender algo que no encaja del todo en un esquema conocido.

Finalmente dejó los palillos a un lado y se inclinó hacia ella.

—Sakura, cuéntame de ti —dijo—. De tu vida, de tus padres, tu familia…

Y quizás porque no tenía nada que esconder, y tampoco grandes pretensiones, fue que la muchacha respondió sin siquiera pensarlo y mucho menos escondiendo quien realmente era; sin bajar la mirada ni buscar palabras mejores.

—Pues mi familia es relativamente “nueva” —comentó—. No tenemos una historia importante ni glamurosa y no conocemos ancestros más allá de un siglo. Mis padres son académicos —continuó—. Investigadores de tecnología, y siempre están viajando.

—¿Siempre? —preguntó la señora Kobayashi, con interés genuino.

—Casi siempre —asintió Sakura—. Los respeto y los aprecio, pero… —hizo una pausa mínima, apenas un respiro que no sonó a duda— la verdad no los conozco mucho.

Akira levantó la vista hacia ella. No había tristeza en su voz ni rencor oculto. Solo una constatación serena, casi práctica, y aquello lo descolocó más de lo que habría esperado. La señora Kobayashi la observó entonces con una atención distinta.

—Eso no debe haber sido fácil —dijo, con un tono inesperadamente suave.

—Aprendes a arreglártelas —respondió Sakura—. Pero no es la gran cosa. Todo el mundo sabe arreglar una estufa o devolver el agua corriente a la casa ¿no?

Y la falta de respuesta la hizo levantar los ojos hacia Akira y mirarlo como nadie lo había mirado jamás: como un polluelo desamparado. Porque aquel descendiente de samuráis seguro era un gran magnate, pero se bañaría con agua fría por no saber encender una estufa.

Y por supuesto que a él no le hizo ninguna gracia aquella miradita, pero la cena terminó pronto y la señora Kobayashi se levantó con energía renovada, como si la conversación le hubiera abierto el apetito para algo más.

—Sakura, querida. Me encantaría que te quedaras. Mandaré a alguien a llevar tu bolso a una habitación en el segundo piso —le dijo a la muchacha pero esta se levantó como un resorte.

—No hace falta —respondió enseguida—. Puedo hacerlo yo misma.

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