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REY DE ESPADAS. La novia forzada romance Capítulo 64

CAPÍTULO 64. Engañados y nuevos millonarios

Rowan avanzó hasta el podio con paso firme, elegante, como si jamás hubiera necesitado una silla de ruedas. Su sola presencia, caminando sin ayuda, había sido capaz de dejar congelado a medio salón. Porque no era que se levantara, que usara muletas o se apoyara tambaleante en un bastón. ¡No! Era que se veía más atlético que un decatlonista y más sexy que Míster universo.

Los murmullos comenzaron como un zumbido lejano, luego fueron creciendo hasta convertirse en una ola de asombro general. La gente se giraba, boquiabierta, los periodistas levantaban sus cámaras como si no supieran si grabar, correr o gritar.

Con una tranquilidad pasmosa, Rowan se acomodó el saco con un tirón sutil de las solapas, desplazó al inútil de su sobrino, apoyó ambas manos sobre el atril y dejó que el silencio se hiciera, que todos lo vieran bien.

No estaba enfermo.

No estaba moribundo.

¡Maldición! ¡Ni siquiera estaba preocupado!

—Damas y caballeros —dijo al fin, con una voz limpia, clara, como si hubiera nacido para hablar frente a multitudes—. Esta noche, según la agenda oficial, estamos reunidos para despedirme, para llorar mi supuesta muerte inminente, para darme el pésame por mi legado perdido y, bueno... para brindar con champán por una tragedia corporativa.

Algunas risitas tensas se escaparon entre los presentes. Gente nerviosa, confundida, sin saber si lo que estaba viendo era real o parte de algún espectáculo teatral.

—Pero les tengo una noticia —continuó, con una media sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos—. No me voy a morir. No esta semana. Ni la próxima. Y si todo sigue como hasta ahora… tampoco este año… A menos que mi mujer me mate en busca de nuestro heredero…

—¡Rowan! —exclamó Raven llevándose la mano a los labios y poniéndose colorada.

—¡Y luego dicen que el puerco soy yo! —se quejó Tristan.

—Déjalo, está marcando territorio —avisó Cedric por debajo del murmullo más fuerte estalló entre los invitados.

Se escucharon exclamaciones, jadeos, y un “¡Dios mío!” que surgió de alguna señora mayor en primera fila. Unos cuantos se miraron entre sí con rostros de incredulidad, pero el único lo suficientemente despavorido como para balbucear algo, como siempre, fue el idiota de Ulises que acabó rugiendo con la rabia de un animal herido.

—¡Mentiroso! —gritó, el rostro descompuesto por la furia—. ¡Esto no puede ser verdad, no puede…!

—Tienes razón, me muevo con un exoesqueleto como Ironman, ¿¡no te jode?! —replicó Rowan poniéndole los ojos en blanco con fastidio.

—¡Entonces nos engañaste! ¡Te aprovechaste de todos nosotros!

Rowan giró lentamente el rostro hacia él, como si acabara de notar su presencia. Lo observó con un dejo de diversión, como si lo viera hacer el ridículo en una obra que él mismo había dirigido.

—¿Yo me aproveché? —repitió con calma— Ulises, tú y tus padres fueron los primeros en aprovecharse. Vieron la oportunidad perfecta y fueron por ella como hienas. Querían quitarme la empresa, adueñarse de todo antes de que yo, supuestamente, “expirara”. Han sido tres parásitos en mi casa, tres parásitos en mi empresa, tres gusanos esperando mi maldito cadáver y ¿el aprovechado soy yo?

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