—¿Meg, estás en trabajo de parto en este momento? —preguntó Shelly, arqueando las cejas.
La joven tragó saliva y asintió. —Sí.
—¿Y por qué no estás en una habitación, preparándote para dar a luz? —insistió Shelly, poniéndose de pie de inmediato.
—Me dijeron que esperara porque no hay suficientes doctores disponibles —respondió Meg, negando con la cabeza.
Shelly apretó los labios, conteniendo la frustración.
—Vamos —dijo finalmente, ayudándola a incorporarse—. No puedes quedarte aquí así.
Antes de que la muchacha pudiera oponerse, Shelly la condujo hasta el mostrador de enfermería.
—Disculpe —dijo con voz firme—, esta joven está en trabajo de parto y necesita una habitación de inmediato.
La enfermera levantó la vista, observó a Meg con cierto desdén, luego se volvió para mirar a Shelly.
—Ya le dije que debe esperar —respondió con un tono impaciente—. Todos nuestros médicos están atendiendo a los Blackwell. Ellos también están por tener un bebé, y tienen prioridad.
¿Los Blackwell? Shelly se quedó boquiabierta. ¿Qué hacían allí? Aquella familia era tan rica que podía permitirse tener el mejor equipo médico del país. ¿Por qué habían elegido precisamente ese modesto hospital, ubicado en territorio neutral?
—Tiene que haber al menos un médico libre —insistió Shelly, cruzándose de brazos—. Mire a esta chica, va a dar a luz en plena sala de espera.
—Lo siento, pero no puedo hacer nada —contestó la enfermera, con una frialdad que hizo estremecer a Meg.
—¿Qué ocurre aquí? —preguntó Richard, acercándose justo en ese momento.
Shelly soltó un suspiro de alivio. Si alguien podía resolver aquello, era él. No solo tenía una facilidad natural con las palabras, sino también la autoridad de un Delta.
Shelly sintió una simpatía inmediata hacia el doctor y decidió confiarle la atención de Meg.
Cuando él se retiró, Shelly y Richard consideraron que tal vez, era momento de marcharse. Sin embargo, antes de poder hacerlo, Meg les preguntó con urgencia:
—¿Pueden quedarse? —pidió con voz temblorosa—. Si no tienen nada más que hacer… es que no quiero quedarme sola.
Shelly intercambió una mirada con Richard y ambos asintieron. Se sentaron junto a ella, charlando de cosas sin importancia, solo para distraerla del miedo que la invadía ante el inminente nacimiento.
Pasado un rato, Shelly preguntó con dulzura. —¿Ya pensaste en algún nombre para tu bebé?
Meg se sonrojó y una sonrisa leve, la primera del día, suavizó su rostro agotado.
—Judy —respondió al fin, soltando un suspiro débil—. Quiero llamarla Judy.

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