Lo que sentí no se parecía a nada que me hubiera pasado antes. Nunca había perdido el control de mi loba, ni siquiera por un segundo, y no tenía idea de qué significaba que ella quisiera salir disparada de mí.
—¿Judy? —Selene volvió a decir mi nombre, como si ya hubiera intentado llamarme varias veces.
Parpadeé, ni siquiera me había dado cuenta de que la estaba ignorando por completo.
—Perdón, ¿puedo usar tu baño? —pregunté, antes de detenerme a pensar en si era buena idea salir de ese salón.
Su ceño se frunció aún más, pero asintió. —Claro, sal por esa puerta y sigue el pasillo. ¿Quieres que vaya contigo?
Me levanté de golpe, dejando el vaso en la mesa. —No, estoy bien. Lo encontraré y regresaré en un minuto.
No esperé su respuesta, crucé la puerta casi corriendo, con el corazón golpeando con fuerza contra mis costillas. El pasillo parecía alargarse sin fin, estaba lleno de cuadros que parecían seguirme con los ojos, donde cada sombra se sentía viva, como si se inclinaran hacia mí cuando pasaba. El piso crujía sin piedad bajo mis pasos.
A mitad del corredor, mi vista se nubló y el aire se volvió espeso, casi pesado, como si se hundiera sobre mis hombros, por lo que apoyé la mano contra la pared y tragué saliva.
—Algo no está bien... —murmuré, esperando que Gavin no estuviera sintiendo eso a través del vínculo.
El zumbido volvió, más fuerte esta vez, pero no era un sonido.
Era como... una vibración profunda dentro de los muros.
Un latido que no era mío.
Mis dedos hormiguearon y un calor suave se extendió por mis palmas, pero seguí avanzando, giré la esquina…
…y choqué de lleno con Lila Blackwell.
Ambas nos quedamos congeladas. Ella casi dejó caer lo que llevaba en los brazos. Tenía su cabello rubio en un peinado tirante, su piel se veía aún más pálida de lo que recordaba, con los ojos inquietos, y apretaba algo envuelto en una pequeña manta aterciopelada contra su pecho, como si lo estuviera escondiendo... o guardando.
—¿Lila? —balbuceé—. ¿Qué... qué haces aquí?
Parpadeó, intentando recomponerse.
—Vivo aquí —respondió con frialdad—. La pregunta es, ¿qué haces tú aquí?
—Vine a ver a Selene —admití, insegura de qué podía decir y qué no.
Sus ojos se entrecerraron. —¿Para qué verías a mi madre? ¿Qué asunto tienes con ella?
—Me está dando clases para ser Luna —expliqué—. Solo es eso.


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