—¿Qué buscan tus enemigos exactamente?
Zachary soltó un largo suspiro.
—Digamos que tu padre no era el único que quería la Gema Lunar —respondió—. La gema resguarda los poderes de mi hija, Lila. Cuando nació, tenía más fuerza que cualquiera de nosotros juntos. Una Vidente nos advirtió que ese poder sería su mayor fortaleza... y también su mayor debilidad, porque el cuerpo de la bebé no soportaría tanta energía, así que resguardó su magia dentro de la Gema Lunar. Pensábamos dársela cuando cumpliera dieciocho, cuando pudiera manejar algo así...
—Pero te la robaron antes de que pudieras hacerlo —completé por él.
Zachary asintió. —La noticia sobre ese poder corrió rápido; atrajo enemigos de todas partes y ya no podíamos confiar en nadie. Tu papá fue claro cuando dijo que ni los amigos más cercanos eran de fiar. Por eso desaparecimos del mapa, nos mantuvimos ocultos todos estos años, protegiéndonos como podíamos. Pero ahora que recuperamos la gema y volvió a manos de nuestra hija... ya no necesitamos seguir escondidos.
Asentí lentamente.
—Tengo que hablar con mi Beta y con mi compañera. No voy a tomar ninguna decisión sin consultarlo con ambos —le advertí, entrecerrando los ojos.
—Eres un hombre de honor —dijo Zachary con una sonrisa leve—. No me equivoqué: no tienes nada que ver con tu padre.
—Mi padre era un hombre ambicioso que hacía lo que fuera por poder y dinero —admití sin rodeos—. Mientras que yo haría lo que sea por mi familia y por mi territorio.
Zachary volvió a asentir.
—Por eso quiero hacer esta alianza contigo en lugar de cualquier otro Licántropo —explicó—. Pude ir con alguien más, pero te elegí a ti. Lo que hizo tu padre no importa en este momento; lo que importa es quién eres tú como hombre.
Hablar con Zachary me hizo pensar que quizá los había juzgado mal a él y a su familia, tal vez sí podía confiar en él. No sentía ninguna mentira en sus palabras y, para ser sincero, era extraño y agradable, que alguien de la edad de mi padre me hablara así... como una figura paterna. Lo cual era absurdo, considerando que era un hombre de treinta y nueve años, ya estaba muy grande para tener problemas paternales.
Pero mi padre nunca me dijo nada bueno, nunca. Era como si nada de lo que hacía fuese suficiente, por lo que escuchar a Zachary Blackwell reconocer lo que era.... se sentía bien.
—Gracias —logré decir tras una pausa larga. Puse las manos sobre las rodillas y me levanté—. Debería volver con Judy, no quiero dejarla sola demasiado tiempo.
Zachary también se puso de pie, sus ojos tenían una calidez inesperada.
—Claro, no quiero quitarte más tiempo —repuso, extendiendo la mano—. ¿Me avisas pronto? ¿Y seguimos en contacto?



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