Punto de vista de Judy
No podía dejar de pensar en Megan Churchill, atrapada en una cama de hospital durante veintitrés años, sostenida únicamente por máquinas. La idea me oprimía el pecho.
Gavin decidió que llevar a Eliza con nosotros era lo más sensato, ya que podría decirnos exactamente cuál era el estado de Meg y, con suerte, sabría si existía alguna forma de ayudarla. Tal vez hasta podríamos llevarla a casa para que pudiera conocer a su hija.
De camino a la casa de la manada, le conté a Gavin lo esencial: la maldición, el vínculo con Meg, la urgencia de llegar hasta ella. Ya era tarde, así que sabíamos que Eliza y Taylor estarían en la casa la manada a esas horas.
Gavin estacionó frente a la casa y tras un breve silencio, bajó del auto y rodeó el vehículo para abrirme la puerta, ofreciéndome la mano.
Sentí que se me calentaban las mejillas al tomarla. Me ayudó a bajar y quedé demasiado cerca de él, siendo consciente de su presencia y de mi propio cuerpo.
—Tengo a unas cuantas más para la protesta —escuché una voz conocida detrás de los arbustos cercanos.
Me quedé inmóvil. Las plantas nos ocultaban casi por completo, pero las voces llegaban claras, como si estuvieran a mi lado.
—Ellas tampoco la quieren como Luna.
—Me alegra —respondió la otra voz, igual de familiar—. Ella no sería una buena Luna, el Alfa Gavin tiene que darse cuenta, debe elegir a alguien de su nivel, alguien en quien podamos confiar.
—Guárdate el discurso para el mitin —rio la primera—. Tenemos que volver al trabajo si queremos irnos temprano.
Las voces se alejaron, pero yo seguía sin moverme.
Sentí la mirada de Gavin fija en mí, no necesitaba verlo para saber que estaba conteniéndose.
—¿Qué fue eso? —preguntó al fin, en voz baja y peligrosa.
Me tragué el nudo que tenía en la garganta y me negué a mirarlo a los ojos por la vergüenza.
—Son algunas lobas de tu manada que no me quieren como Luna. —murmuré, mis mejillas se calentaron nuevamente, solo que esta vez por una razón diferente
—¿Desde cuándo? —preguntó—. No pareces sorprendida por sus palabras, así que las debes haber escuchado antes.
Me mordí el labio inferior.
—Sí —respondí en un susurro—. No es la primera vez que las escucho hablar así.
—Oh, hola, Gavin. Hola, Judy —dijo Eliza de pronto.
Parpadeé, no me había dado cuenta de que acababa de llegar otro auto.

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