Al cortar el pastel, una compañera de la facultad le entregó la primera rebanada a Martín Jaramillo, que acababa de llegar a toda prisa.
Como si fuéramos extraños, él ni siquiera notó la presencia de su propia esposa.
—Andrea Zárate, ¿esto significa que ya lo van a hacer oficial? —bromeó alguien con intenciones de molestar, entre los murmullos de asombro.
La chica, que llevaba un peinado juvenil, miró con timidez al hombre a su lado y balbuceó:
—Martín vino desde muy lejos, debe estar agotado.
Ese tono frágil y delicado, combinado con los tiernos hoyuelos en sus mejillas, despertaría ternura en cualquiera.
Pero no le faltaba razón. El Hospital Puerto Alborada estaba a más de una hora de la facultad de medicina. Además, Martín llevaba un traje impecable, con la corbata anudada a la perfección, evidencia de que se había esmerado en su arreglo personal.
Y pensar que hace apenas dos horas todavía estaba en el quirófano.
El hombre recibió el pastel con elegancia. Cada uno de sus movimientos rebosaba distinción. La luz del techo iluminaba sus facciones definidas, dándole un toque de suavidad a esa mirada suya que por lo general era fría y penetrante.
—La verdad es que sí tengo un poco de hambre.
Su voz profunda tenía una calidez inusual, y su mirada no se apartaba del rostro de Andrea mientras hablaba.
Parecía una persona completamente diferente al hombre serio y distante de todos los días.
A la chica se le sonrojaron las orejas y murmuró:
—Martín, todos nos están mirando.
Martín levantó la vista levemente. Sus ojos recorrieron a los presentes hasta detenerse en mi rostro, justo frente a él, y dijo en un tono monótono:
—A ella no la conozco.
Apreté los dedos con disimulo. *Pensar que, después de tres años de matrimonio, sigue siendo tan buen actor como siempre.*
Aunque tenía sentido. Lo nuestro era un matrimonio por contrato. Hasta el acta de matrimonio la había recogido el chofer de la familia Jaramillo. Era una unión de nombre, sin sustancia. No era de extrañar que se negara a reconocer mi identidad en público.
Decidí seguirle la corriente:
—Nos vimos en el aniversario de la escuela el mes pasado.
En ese evento también estuvo Andrea. El director de la carrera le había asignado la recepción de los invitados especiales, entre los cuales destacaba Martín.
Su tono fue ligero, pero desprendía esa arrogancia de quien se siente por encima de los demás.
Y tenía derecho a ser arrogante. Era un genio natural, un prodigio que a su corta edad ya era el segundo al mando en el departamento de neurocirugía del competitivo Hospital Puerto Alborada. Todos los estudiantes lo idolatrábamos.
Una estudiante aplicada, pero común como yo, jamás podría compararse.
Andrea, consciente de ello, me miró con sus enormes ojos de venado, luego miró a Martín y dijo con cautela:
—Martín, ¿dije algo malo...?
Antes de que pudiera terminar, el hombre levantó su mano de dedos largos y elegantes, y dio un golpecito juguetón sobre el gorrito de cumpleaños que llevaba la chica.
El gesto estaba lleno de un cariño evidente.
Los vítores estallaron de nuevo. El ambiente en el salón era festivo y ruidoso, pero mi corazón se hundió en un abismo oscuro y profundo.
Hasta ese momento no sabía que el hombre al que había perseguido durante ocho años, mi propio esposo, podía tener un lado tan encantador.
Él recordaba que hoy era el cumpleaños de ella, y había desafiado el frío invernal para venir a verla. Pero no recordaba que hoy, también, era el cumpleaños de su esposa. Mi cumpleaños.

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