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Sobrante en Tu Vida romance Capítulo 2

Me marché antes de que terminara la fiesta, dejando atrás las risas y la alegría.

Cuando llegué al departamento, ya era muy tarde.

Afuera había empezado a llover sin que me diera cuenta. La humedad empañaba los cristales, reflejando mi figura solitaria y triste.

Era un lugar enorme, un lujoso departamento con vista al río. En una ciudad tan cara y exclusiva como Puerto Alborada, era la casa con la que muchos soñaban.

Sin embargo, en esta residencia tan elegante y cómoda, yo pasaba la mayor parte del año completamente sola.

El reloj marcó la medianoche. Sabía que, una vez más, Martín no volvería a dormir en casa.

De pronto, el sonido de la puerta abriéndose rompió el silencio.

Miré hacia la entrada con confusión y vi la silueta del hombre caminando con paso inestable hacia mí.

Martín había estado tomando.

Antes de que pudiera reaccionar, sus fuertes brazos rodearon mi cintura y todo el peso de su cuerpo se apoyó sobre mí.

Era una postura dominante, casi abrumadora.

Retrocedí un par de pasos, pero me acorraló contra el ventanal. Un aroma a cedro, mezclado con la fragancia inconfundible de Martín, invadió mis sentidos, acelerando mi corazón.

—¿Acaso el doctor Jaramillo se quedó con hambre? —dije. Pude escuchar el sarcasmo y el resentimiento en mi propia voz.

Si sacaba cuentas, llevábamos más de medio año sin estar juntos de esa manera.

Era evidente por qué, de repente, tenía tantas ganas esta noche.

—Llevamos tanto tiempo sin hacerlo, ¿no me extrañaste?

Su voz era un susurro ronco. Su aliento rozaba mi oreja, provocándome un cosquilleo eléctrico que me erizaba la piel.

De inmediato, mi mente viajó a los primeros días de nuestro matrimonio, recordando cómo este hombre, de apariencia tan fría e impecable, me devoraba en la cama. Mi resistencia flaqueó al instante.

Aprovechando el momento, Martín tomó mi rostro con una mano y me besó con una exigencia casi salvaje. Al no sentir mi respuesta, murmuró entre besos:

—Sé buena, Caro.

Sus labios me buscaban con una urgencia desesperada, sin dejar rastro del hombre mesurado que solía ser.

Había una posesividad innegable en su toque.

Y una persuasión irresistible en su voz.

Capítulo 2 1

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