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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 475

Desde que despertó a la mañana siguiente, Lucía sentía una inquietud opresiva en el pecho, y el párpado no paraba de temblarle sin razón aparente.

Le echó la culpa a la cena que tenía programada con Alejandro Zavala esa noche.

Cuando llegó la hora de salir del trabajo, empezó a arrastrar los pies, reacia a moverse. Se preguntaba si realmente le tenía tanto pavor a Alejandro o si, en el fondo, su malestar se debía a un presagio mucho más oscuro.

Esa tarde, se fue en el auto de Julio.

Al llegar a las puertas del elegante restaurante, se encontraron con Isabel.

Julio las saludó y entró primero, mientras Isabel y Lucía caminaban juntas unos pasos más atrás.

Justo al poner un pie en el primer escalón de la escalera principal, Lucía se congeló.

Ahí estaba de nuevo. Esa misma mirada pesada y familiar clavada directamente en ella.

El eco de unas risas escandalosas bajó por la escalera.

Con el cuerpo tenso, Lucía levantó la vista.

Un grupo de hombres bajaba en tropel. El que lideraba la manada tenía una cicatriz en el rostro y una expresión despiadada; el resto de sus acompañantes desprendían esa inconfundible aura de delincuentes.

Al final del grupo iba un hombre con chamarra de cuero. Tenía una mirada profunda y cautivadora, marcada por un pequeño lunar cerca de su ojo. La miró fríamente por una fracción de segundo y luego desvió la vista, fingiendo total indiferencia.

Pero Lucía estaba segura de que la había mirado.

Y ella no podía dejar de verlo.

Isabel, sintiéndose intimidada por el aspecto vulgar de aquellos hombres, jaló del brazo a Lucía para apartarla hacia un lado y le susurró:

—No los mires, parecen delincuentes.

Apenas dijo eso, uno de los tipos le silbó a Lucía de forma insolente.

Por suerte, parecían tener prisa, así que se limitaron a reírse y continuaron su camino hacia la salida.

Cuando el grupo ya estaba lo suficientemente lejos, Isabel refunfuñó:

—¿Qué clase de restaurante escogió tu hermano? Dejan entrar a cualquier vándalo.

Pero la mente de Lucía seguía atrapada en aquel cruce de miradas. Tiró de la manga de Isabel con voz llena de desconcierto:

—El hombre de la chamarra de cuero... ¿lo viste bien?

—Sí, claro.

—Se me hace muy conocido —un escalofrío le recorrió la columna a Lucía—. ¿No crees que lo hemos visto en alguna parte?

Isabel respondió con total seguridad:

—Para nada. En mi vida lo había visto.

El pánico en Lucía comenzó a escalar.

¿Por qué sentía que conocía a ese hombre?

Su corazón dio un vuelco violento, como si una mano invisible se lo estrujara con fuerza.

Pero si había salido en los diarios... ¿era porque se trataba de un criminal buscado, o...?

¿O de un gran héroe?

Todo su cuerpo comenzó a temblar, presa de un pavor absoluto.

De pronto, el recuerdo golpeó su mente con nitidez.

Las lágrimas de su padre.

El dolor que sintió al buscar aquella noticia en internet.

Ese hombre era un policía de narcóticos.

Y no solo eso: era un agente encubierto a punto de ser asesinado.

—No... —susurró Lucía.

—¡No puede ser!

El terror la dominó por completo y sus pupilas se dilataron. Sin importarle nada más, le arrojó su bolso a Isabel y, en una fracción de segundo, se dio la vuelta y salió corriendo a toda velocidad del restaurante.

...

Lucía salió atropelladamente a la calle, escrutando con ojos desorbitados la multitud, buscando desesperadamente esa silueta entre la gente. Sentía que el corazón le iba a estallar en el pecho.

Guiándose por puro instinto, apostó por una dirección y corrió con todas sus fuerzas. Pero la acera estaba vacía; no había ni rastro del hombre.

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