Lucía llegó a Zavala Tech, pero Alejandro había salido y aún no regresaba. Se sentó en silencio en el sofá de la oficina a esperarlo, todavía dándole vueltas a la renuncia del personal clave de investigación del Consorcio García.
Noel, que no podía quedarse quieta, fue a dar una vuelta por el área de oficinas y saludó a Mateo Vicario y, más tarde, a Gonzalo Quiroz.
Al ver a Noel, Gonzalo se sorprendió un poco: —¿Por qué viniste? ¿Viniste hoy con la jefa?
Noel asintió levemente: —Sí.
—¿Y por qué la señora Zavala vino a la empresa de repente?
—No lo sé. ¿Por qué no te acercas y le preguntas?
Gonzalo agitó las manos apresuradamente y se excusó con una sonrisa: —Tú eres quien más convive con ella, mejor no me meto. Ya escuché que eres la estrella allí en la Finca de La Luz.
Bromearon y rieron un rato.
Aproximadamente media hora después, Alejandro irrumpió apresuradamente en la oficina. Su traje tenía algo de polvo y la manga derecha de su camisa estaba manchada de sangre; sin embargo, su arrogancia innata y frialdad no disminuyeron en lo absoluto.
Justo detrás de él, entró Mateo.
Al instante, Lucía olvidó por completo sus intenciones de confrontarlo: —¿Cómo te lastimaste?
Alejandro le restó importancia: —Me caí.
Lucía abrió los ojos de par en par: —¿Tú? ¿Te caíste?
—Es un rasguño, no es nada —Alejandro notó que su esposa se había cambiado el peinado; llevaba un recogido que no solía usar, luciendo fresca y elegante—. Pero tú, ¿quién te hizo ese peinado? Antes no lo usabas así.
Lucía no estaba de humor para hablar de peinados. Justo cuando se apoyaba en el sofá dispuesta a levantarse para exigirle una explicación sobre Pablo y Samuel, una secretaria de aspecto delicado entró apresuradamente por la puerta con un botiquín en las manos. Su tono era de suma preocupación: —Señor Zavala, permítame tratarle la herida primero, si no la desinfectamos podría infectarse.
Alejandro hizo una pausa, su mirada se posó primero en el rostro de Lucía y luego se quitó la chaqueta del traje, arremangándose la camisa de un tirón. En el antebrazo tenía un raspón de aspecto horrible y varias contusiones amoratadas; definitivamente no parecía una simple caída, sino más bien las marcas de haber peleado con alguien.

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