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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 1114

APA. CAPÍTULO 28. La mitad de la cama

En Zúrich, Luc tenía problemas mucho más urgentes que París. Tres reuniones consecutivas, una negociación sobre patentes a las cuatro y una videollamada con Logan a las seis para definir la estructura preliminar de la nueva compañía.

Además, su padre había comenzado a dificultar cada transferencia de activos. Era el peor momento posible para abandonar Suiza, y aun así no dejaba de mirar la publicación de la casa de modas de Odette anunciando su participación en París.

Una semana. Estaría allí una semana entera.

—Reprograma lo de mañana —dijo y su nueva asistente dejó de escribir.

—¿Qué cosa?

—Todo.

—Pero señor… mañana tenemos la valoración de activos.

—Puede hacerla el equipo —sentenció Luc—. Son los mejores, si tengo que supervisarlos como si fueran niños, entonces contraté a la gente equivocada.

Catorce personas se habían reunido para empezar en una oficina improvisada, ocho de ellos salidos del conglomerado Amsler, seis años bajo su mando, así que sabía perfectamente lo capaces que eran.

—También está la reunión de propiedad intelectual —insistió su asistente.

—A esa puedes conectarme por videollamada.

—¿Desde dónde?

Luc cerró la computadora.

—París —respondió y su asistente lo miró confundida.

—¿Hay alguna reunión en París que no tengo registrada?

—No. Viajo a París por motivos personales, estaré fuera una semana.

La mujer parpadeó.

Probablemente era la primera vez en años que escuchaba a Luc Amsler tomar una decisión empresarialmente inútil, pero ahora era el dueño de su propia empresa, así que realmente no tenía que rendirle cuentas a nadie.

Seis horas después, en París, Odette no salía del recinto de ensayos hasta casi las nueve de la noche. Estaba agotada, pero eso también era parte emocionante del evento.

—Mañana a las siete —avisó a su equipo y varias personas hicieron pucheros—. OK, siete y media.

—¡Te adoramos! —respondió alguien.

Odette rio y salió por las puertas principales lista para una cena, un baño caliente y la cama suave de su suite. Pero no había avanzado ni cuatro metros cuando vio a aquel hombre apoyado junto a un automóvil oscuro.

Se detuvo, y durante un segundo pensó que el cansancio estaba jugándole una mala pasada. Traje oscuro, gabardina ligera, las manos en los bolsillos, y el mismo rostro que llevaba semanas provocándole demasiados problemas.

¿Qué demonios hacía allí?

Luc la vio y se incorporó con una sonrisa. El gesto podía parecer ridículamente romántico, pero él abrió los brazos y Odette ni siquiera lo pensó. No necesitó inventar ninguna casualidad. Ni siquiera recordó que, según el juego que ambos mantenían, debía creer que estaba mirando a su prometido.

Simplemente sintió una alegría absurda al verlo. Echó a correr y saltó a su cintura, mientras él la sostenía entre risas.

—¡Amor! ¿Qué haces aquí? —exclamó abrazándolo con fuerza.

—Vine a verte —respondió Luc con naturalidad y ella se apartó lo suficiente para mirarlo.

—¿A mí?

—Sí.

—¿Y tus reuniones?

—Las delegué —dijo él, y Odette sabía suficiente sobre la separación de Amsler para entender lo que aquello significaba.

—¿Es en serio? Pero… tienes demasiadas cosas importantes en Suiza.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué estás en París? —casi lo regañó, pero Luc la miró a los ojos y esta vez no intentó esconderse detrás de ninguna excusa.

—Porque tú estás en París.

La sonrisa de Odette desapareció lentamente, no porque estuviera molesta, sino porque aquella respuesta había sido demasiado directa. Luc había dejado reuniones, abogados, patentes, una empresa nueva y una negociación de setecientos setenta millones por ella.

—Estás loco… —se le salió antes de que se diera cuenta, y Luc cerró los brazos alrededor de su cintura.

—Empiezo a sospecharlo —admitió y su boca encontró al de Odette con un beso largo, profundo, tan peligroso que casi olvidaron que estaban en medio de una calle a menos de trescientos metros de la Torre Eiffel.

Cuando él finalmente la dejó poner los pies en el suelo, la forma en que pasó un brazo sobre sus hombros fue más dulce que cualquier beso.

—Me dijiste que tenías demasiado trabajo.

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