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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 1119

APA. CAPÍTULO 33. Una emboscada

El avión aterrizó en Zúrich poco después del mediodía. Odette había imaginado que regresar junto a Luc sería incómodo. No lo fue. Eso era peor.

Durante el vuelo habían trabajado, comido y discutido durante diez minutos porque Luc insistía en que ella necesitaba dormir. En algún momento, Odette terminó con la cabeza sobre su hombro mientras él revisaba documentos. Parecían una pareja. Después de una semana en París, comportarse así se había vuelto demasiado natural.

Pero la realidad era diferente después de aterrizar, los dos lo sabían, y el teléfono de Luc empezó a sonar antes de que salieran del aeropuerto.

—Sí... Llegué hace diez minutos. No, no voy a la oficina primero. Estaré allí en una hora. Empiecen sin mí. Quiero el informe de las patentes y la valoración sobre mi escritorio cuando llegue.

Terminó la llamada y Odette puso una mano suave sobre su hombro.

—Puedo pedir un auto que me lleve a casa. Ve —le dijo.

—No —respondió él sin inmutarse.

—Pero tienes trabajo.

—Que no va a colapsar por esperarme una hora. Primero te llevo a casa.

Odette sonrió sin poder evitarlo

—¿Siempre eres tan agotado?

—Solo contigo —aseguró él y el corazón de Odette volvió a hacer aquella estupidez que llevaba haciendo desde el día anterior: derretirse.

Luc la acompañó hasta la misma puerta de su apartamento y dejó la maleta dentro. Y por primera vez desde que habían de París, ninguno parecía saber cómo despedirse.

—Gracias por venir —dijo ella—. Ahora ve a salvar ese proyecto.

Luc le acarició la mejilla justo antes de besarla, y Odette le sujetó la solapa, reteniéndolo unos segundos más. Cuando se separaron, Luc apoyó la frente contra la suya.

—Tenemos que hablar —murmuró despacio, entre dientes, como si le pesara—. Pero no puede ser ahora. ¿Está bien si nos vemos esta noche?

Ella asintió. Lo observó marcharse por el corredor, y solo cuando las puertas del ascensor se cerraron comprendió cuánto había cambiado todo durante aquella semana.

El problema era que también habían cambiado cosas que estaban totalmente fuera de su control, lo supo por el mensaje de Sven que llegó una hora después.

“Paso por ti a las ocho. Quiero celebrar tu regreso y el resultado del concurso. Ponte algo bonito”.

Odette estuvo a punto de rechazarlo, pero no podía continuar con aquella farsa indefinidamente. Así que se duchó y eligió un vestido negro sencillo, decidida a poner de una vez las cartas sobre la mesa.

Cuando Sven llegó, llevaba traje oscuro y una sonrisa demasiado amplia.

—Te extrañé —dijo acercándose, pero Odette no permitió que la besara más que en la mejilla—. Vamos, tengo una sorpresa para ti.

El auto dejó atrás el centro de la ciudad, y Odette reconoció el lugar antes de llegar. Era una propiedad privada utilizada con frecuencia para celebraciones importantes, había estado allí varias veces.

—Pensé que cenaríamos solos.

—Cambié un poco los planes —sonrió él y Odette miró hacia la entrada, sintiendo que algo estaba mal.

Pero solo lo comprendió cuando entró al edificio. Había flores, cientos; arreglos blancos y dorados cubrían el vestíbulo; dos fotógrafos se movían cerca de la escalera, y un grupo de músicos afinaba instrumentos en una sala lateral.

—¿Qué es esto? — Odette se detuvo y Sven le tomó la mano.

—¡Sorpresa!

Las puertas del salón principal se abrieron y ella se quedó inmóvil. Sus padres estaban allí. Sus primos. Los padres de Sven. Familiares de ambos. Amigos. Ejecutivos. Más de cien personas. Todos elegantemente vestidos.

Su madre fue la primera en acercarse.

—¡Hija… llegaste! —murmuró abrazando a Odette.

—Mamá, ¿qué haces aquí?

Dana se separó y la miró a los ojos con una expresión peculiar.

—Sven dijo que quería reunirnos para hablar de la boda.

—¿Hablar? —repitió ella mirando a Sven, pero en ese momento su futura suegra se acercó. Parecía incómoda, y eso empeoró inmediatamente la sensación de alarma.

—Queríamos hacer algo especial para ti.

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