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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 557

PELEAR POR TI. CAPÍTULO 15. Un hombre desesperado

Kyle sabía muy bien quién era. Aquel tipo con una venda en el costado de la frente, cara de rata pollera y la contraseña del departamento de Adriana… Kyle sabía muy bien quién era y estaba bastante seguro de que no quería anda bueno.

Su teléfono marcaba una y otra vez el número de Adriana pero ella no le respondía, y su única esperanza era que ella se hubiera quedado tan borracha la noche anterior que todavía no se hubiera levantado.

—¡Dime que su auto sigue en Brissago! ¡Por Cristo Divino dime que su auto sigue en Brissago! —exclamó Kyle girándose hacia su tío y este tecleó rápidamente en la Tablet para sacar una ventana diferente.

Aquel punto parpadeante hizo que el corazón del peleador se pusiera como jamás en su vida, ni siquiera antes de las jaulas, porque el punto rojo que representaba el auto de Adriana iba moviéndose por la carretera en dirección a Lucerna.

—¡Joder! —gritó él tratando de contactarla de nuevo pero sin resultado—. ¡Su teléfono está muerto!

Los dos miraron al hombre que estaba destrozando la casa y Kyle supo que con la rabia y la impotencia que Oskar llevaba encima, probablemente no le hiciera nada mejor a Adriana si se la encontraba allí a solas.

Caleb hizo sus cálculos en un segundo y luego alcanzó una chamarra sobre la mesa para lanzársela.

—Te lleva veinte minutos de ventaja. ¡Mueve el culo, niño, porque yo puedo hacer cualquier cosa menos cargar teléfonos con mi mente! —le advirtió y todos salieron de su camino sin preguntar cuando lo vieron saltarse los escalones para llegar abajo.

Un instante después el McLaren quemaba llantas sobre el pavimento y Kyle tomaba cada atajo hacia Lucerna que su tío le iba indicando.

“Te voy a mandar a tu tablero la ubicación de Adriana” le dijo Caleb y muy pronto escuchó la voz de su padre junto a él.

El intercambio fue breve, y apenas colgó se concentró en la carretera y en las imágenes de aquel tipo que cada vez parecía estar más desesperado y más violento.

Adriana, por su parte, no había bebido más que un par de copas y el cansancio de tantas horas sin dormir habían terminado venciéndola. Se había levantando temprano con toda la intención de volver a casa y olvidar lo que acababa de suceder. Olvidar a aquel hombre. Olvidar sus ojos. Olvidar sus besos. Olvidar hasta el tono de su voz si tenía que hacerlo…

Sin embargo lo que el destino aparentemente no le permitiría olvidar en ningún momento cercano era el error que había cometido al tener una relación con un hombre tan bajo como Oskar. Y eso lo supo en el mismo momento en que atravesó la puerta semiabierta de su departamento para ver aquel destrozo por todos lados.

Las cortinas estaban arrancadas. Había un reguero de vidrios y vajilla rota por todos lados, los muebels estaban volcados o fuera de luegar y los cuadros estaban rotos. Y solo bastó que diera dos pasos adentro del departamento, aturdida por todo lo que estaba viendo, cuando aquel puño que se cerró sobre su cabello le disparó la adrenalina en el cuerpo de una sola sacudida.

—¡Hasta que se le ocurre a la zorra aparecer! —gruñó Oskar en su oído mientras con la otra mano le tapaba la boca para que no gritara—. ¡¿Quieres que te pregunte dónde estabas, amorcito?! ¡¿O puedo hacerme una idea por la hora a la que llegas y el olor que traes?!

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