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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 561

PELEAR POR TI. CAPÍTULO 19. Unos muchachos con permiso

No era un hombre de naturaleza impulsiva… o al menos eso creía, pero cuando se trataba de Adriana era como si todo su autocontrol desapareciera de repente. Se despidió del señor Keller haciendo un gesto con dos dedos en su frente, al estilo militar informal, y se dirigió a la casa con la misma confianza que si hubiera sido suya.

Tocó dos veces a la puerta y se asomó para ver a Adriana enfundada en un pijama suave de unicornios que le despertó más bajos instintos que si hubiera llevado lencería sexy.

Normalmente era una mujer decida y fuerte, pero en aquel momento parecía una pequeña princesa a que necesitaban ponerle un dragón de custodio y si algo sabía Kyle era que él era perfectamente capaz de echar fuego por la boca.

—¿¡Qué…!? ¿Qué haces aquí, Kyle, cómo entraste? —preguntó ella tartamudeando un poco, pero un segundo después retrocedía inconscientemente mientras lo veía avanzar con aquel paso de depredador hambriento.

Durante los pocos minutos que había estado en su departamento en la mañana, había evitado mirarla demasiado, porque estaba seguro de que si veía todo lo que Oskar la había lastimado, acabaría usando el coche fúnebre en vez de la ambulancia.

Pero ahora se acercó a ella y sujetó su barbilla conteniendo el aliento.

—Lo siento —susurró viendo aquel corte sobre su labio—. Debí llegar antes, debí llegar mucho antes…

Adriana frunció el ceño sin comprender, porque había tenido el cerebro tan embotado todo el día que era como si apenas lograra unir los hilos de todo lo que había sucedido. Y justo en ese instante se daba cuenta de que Kyle Orlenko debía estar en Brissago con su familia, no en Lucerna, detrás de ella ni tratando de “llegar mucho antes”.

—¿De qué hablas? ¿Cómo que llegar mucho antes? ¿Tú… sabías? ¿Tú sabías? —preguntó llevándose las dos manos a la cabeza como si le doliera demasiado—. ¿Y cómo es que llegaste a Lucerna, a mi departamento…? ¿¡Qué diablos es lo que está pasando, Kyle?

Durante un segundo los dos se quedaron mirándose y Adriana pudo ver la duda en aquellos ojos azules.

—Bueno, la verdad es que vas a gritar de todas formas, así que prefiero que no lo hagas en casa de tus padres —sentenció extendiéndole la mano—. Te lo voy a explicar pero primero ven conmigo por favor.

Sin embargo el primer instinto de la muchacha, el sabio y correcto, fue retroceder.

—¡Aaaah no! ¡No, no, no, yo contigo no voy a ningún lado!

—Adriana, te lo estoy pidiendo por la buenas, por favor…

—¡Como si me lo pides de rodillas, Rey! —replicó ella—. ¡Yo no salgo de aquí ni para…!

Pero no pudo terminar de hablar, porque la paciencia de Kyle Orlenko no era precisamente vasta y aquel día en particular menos, así que solo se la echó al hombro como un saco de patatas y a la primera pataleta que intentó hacer le soltó una nalgada que hizo a Adriana dar un respingo.

—¿¡Pero te has vuelto loco, idiota!? ¡Esta es la casa de mi familia! ¡No puedes hacer esto aquí! ¿¡Qué van a decir mis pa…!?

—Todo está bien —dijo alcanzando su mano y apretándola, y apenas detuvo el auto en el estacionamiento techado, le dio la vuelta para levantarla en brazos.

—Yo puedo sola… —intentó decir ella pero solo vio aquella sonrisa satisfecha.

—Ya sé que puedes sola, loca, pero el hecho de que puedas no significa que tengas que hacerlo sola —susurró él y la sintió estremecerse cuando dejó aquel beso coqueto sobre su mejilla.

A medida que el ascensor subía, Kyle podía sentir la forma en que aquella mujer se tensaba, pero cuando la bajó suavemente frente a la puerta de su departamento, Adriana frunció el ceño.

—¿Qué es esto? —preguntó viendo un extraño panel que antes no había.

—Tu nuevo sistema de seguridad —respondió Kyle poniendo una mano de la muchacha sobre el panel y programándolo.

La puerta se abrió un instante después y Adriana se quedó muda en la entrada, sin reconocer ni uno solo de los muebles que había adentro. Todo estaba limpio, recogido y ordenado, pero absolutamente todo el mobiliario había sido cambiado y parecía una casa diferente.

—No quería que regresaras al mismo lugar —susurró él el su oído—. Me tomó todo el día… pero valió la pena.

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