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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 574

PELEAR POR TI. CAPÍTULO 32. Su peso en oro

Adriana no tenía derecho a reaccionar ni bien ni mal, lo sabía bien, pero no tener derecho y ser capaz de aguantarse no era lo mismo.

—Aquí está la lencería que modelarás, Kyle —dijo una de las estilistas, entregándole una bolsa para ropa, y Adriana le torció los ojos por el exceso de dulzura en el tonito.

Él le dio las gracias y desapareció algunos minutos solo para aparecer de nuevo con aquel boxer negro y dorado de Versace, mientras los demás en la habitación lo miraban con la boca abierta de asombro ante sus piernas robóticas, tan brillantes y metálicas, pero tan elegantes y musculosas.

—¡Vamos, circulen, no hay nada que ver aquí, sigan adelante! —rezongó Adriana antes de que lo pusieran incómodo, y como si fuera una señal, otra voz intervino.

—¡Yo le pongo el aceite para el rodaje!

Adriana resopló y puso los ojos en blanco cuando se dio cuenta de que era la misma estilista necesitada, que llegaba con una botella de aceite corporal, pero Kyle vio la expresión asesina en su rostro y le arrebató la botellita de aceite a la mujer antes de que pudiera llegar a tocarlo.

—No hace falta, ya lo hago yo solo —aseguró marchándose al cuarto de cambiarse y Adriana le hizo un gesto de advertencia a la estilista antes de seguirlo.

Se detuvo en la puerta sin saber si debía entrar o no, pero finalmente empujó la puerta con un gesto silencioso y lo vio batallando por que aquel aceite le llegara a la espalda.

—A ver, déjame hacer eso —le dijo con una serenidad que lo dejó helado, y Kyle puso en sus manos la botella de aceite.

Dejó caer un poco desde los hombros y fue bajando, sus manos se deslizaron suavemente sobre su piel y notó cómo el aceite realzaba los tatuajes.

—¿Está bien así? ¿No te molesta? —preguntó ella con profesionalismo.

—¿Qué me toques tú? ¿Es una broma? —replicó él con sinceridad.

Adriana siguió extendiendo el aceite por sus brazos y su torso, pero mientras se acercaba a sus caderas y abdomen, gruñó levemente, consciente de sus propias acciones. Le gustaba tocarlo, era cálido y férreo; lo miró rápidamente y lo sorprendió mirando al vacío, con los ojos siguiendo algún punto invisible en el techo mientras de cuando en cuando se humedecía los labios, como si imaginara algo.

Adriana continuó su trabajo, aplicando el aceite uniformemente sobre su pecho y estómago, subiendo por sus brazos y bajando hasta sus muslos, deteniéndose justo antes del área de su entrepierna. ¡Sabía que no debía acercarse allí!

Sin embargo fue casi imposible que la curiosidad no le ganara y tu toque dejó de tener algo que ver con las fotos y el aceite en el mismo momento en que las puntas de sus dedos recorrieron aquellos pequeños tentáculos negros y metálicos que le corrían sobre la piel.

Él se tensó ante su toque allí, todo su cuerpo pareció contraerse y vibrar.

—Lo siento —susurró Adriana en voz baja—. No quería incomodarte. ¿Estos te duelen? —preguntó y levantó la mirada para encontrarse aquellos límpidos ajos azules.

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