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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 634

ROJO PROMESA. CAPÍTULO 7. El mismo escenario

Mauro apretó los dientes con rabia mientras miraba a los ojos profundos y oscuros de aquella mujer. Veintiséis años, los ojos de un general y el carácter de una mercenaria. Siempre había sido una chica dura, pero parecía que en la última década se había vuelto menos emocional, más fría, como si nada pudiera sacarla de balance.

—¿Al Senador Rosso también le exigías analíticas? —preguntó con sorna porque estaba seguro de que aquella relación que había empezado cuando era solo una chiquilla, habían seguido manteniéndola por años.

—No, a él no se las tenía que exigir —sentenció Ainara soltándose de sus manos y sonriéndole con sarcasmo—. Pero ya sabes mis condiciones. Ahora, amo, ¿puedo ir a descansar o necesita algo más?

El nuevo magnate de la medicina deportiva emitió un gruñido bajo y lleno de rabia y se dirigió a la puerta, pero antes de que alcanzara la manija la voz suave de la mujer tras él lo detuvo.

—¡Mauro! —lo llamó desde el enorme ventanal de vidrio desde el que se veía la ciudad y cuando se giró para mirarla las palabras de Ainara lo hicieron estremecerse—. Te equivocaste —sentenció ella—. Te equivocas al creer que me estás obligando a estar aquí. Estoy aquí porque quiero estar, porque me estás dando una oportunidad que he estado esperando por diez años… —susurró con un suspiro satisfecho mirándolo a los ojos—. Y te vas a arrepentir.

Lo vio irse. Lo vio cerrar aquella puerta y paseó por el departamento hasta sentarse en el sofá. Toda la pared externa era de cristal y tenía una de las vistas más privilegiadas de Zúrich, pero nada de eso le importaba.

Aun diez años después el dinero seguía sin ser importante para Ainara. Lo había necesitado mucho en su momento. Había doblegado la cabeza y la dignidad en su momento cuando del dinero había dependido a vida de su madre, pero eso había pasado ya hacía demasiados años.

Lo que le importaba a Ainara, lo que de verdad le importaba, era la palabra. Había visto tantas promesas rotas en su vida que había jurado jamás romper una, y jamás perdonar que la lastimaran con una promesa rota. Y daba la casualidad de que Mauro Keller había destrozado la más importante de todas.

Y ella estaba más que dispuesta a cobrárselo.

Dio un vistazo alrededor del departamento, notando que no tenía teléfono. En la clínica no podía escaparse o sobornar a nadie porque ya mauro pagaba demasiado, pero tenía algunas cosas que poner en orden y para eso necesitaba llamar o salir. Y lo bueno de estar en el centro de la ciudad era que podía llegar rápidamente a cualquier lugar.

Eligió del lujoso vestidor un atuendo casual y salió a la calle, caminando solo unas pocas calles hasta un edificio de oficinas. Escribió una nota pequeña y la dejó en un buzón de correos, y regresó con calma, dando un rodeo y comprando algo de comer con la tarjeta de crédito ilimitada con la que Mauro creía que la ofendería.

Él, por su parte, gruñó con impotencia mientras seguía aquel recorrido con la mirada, pero la entrada y la salida de Ainara de aquel edificio había sido tan rápida que obviamente no le había dado tiempo a nada. Eso por supuesto, no evitó que lo tomara como la primera excusa para discutir cuando regresara.

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