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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 650

ROJO PASIÓN. CAPÍTULO 23. La verdad

La sonrisa en el rostro de Mauro era sarcástica mientras cerraba la puerta de aquella oficina a sus espaldas y miraba con expresión asesina a Lugh.

El Senador lo observó con un gesto de incredulidad y Mauro se abrió el botón del traje, metiéndose las manos en los bolsillos antes de sonreír.

—Entonces, chico bueno. ¿Por qué no le cuentas al Senador Rosso la relación que teníamos Ainara y yo hace diez años y por qué se terminó? —siseó mirando a Lugh y este apretó los puños.

—¡No te metas en esto! ¡Lárgate de aquí! ¡Yo no tengo…!

—No creo que seas tan idiota como para esperar que no se entere —gruñó Mauro—. ¿Piensas que Ainara no va a hablar con su padre nunca más? ¿Qué él no le va a preguntar por qué rompió su compromiso contigo?

Rosso contuvo el aliento porque era evidente que ya había otra persona que conocía su secreto, y a diferencia de sus abogados, Mauro no le debía ningún silencio a él.

—¡Suficiente, Keller! ¡Estás metiéndote en aguas peligrosas aquí! —lo amenazó Lugh con un índice acusador, pero Mauro lo ignoró olímpicamente antes de pasar a su lado y dirigirse al Senador.

—Ainara y yo teníamos una relación sentimental hace una década, una que se rompió porque Lugh me dijo que ella era prostituta… específicamente, la suya.

Rosso abrió los ojos con incredulidad mirando a Lugh, pero la rabia en el rostro de este era una plena confirmación de culpabilidad. El joven abogado solo gruñó por lo bajo, pero no tenía caso negar algo que Ainara sin dudas confirmaría y sabía muy bien que el Senador iba a creerle.

—¡¿Tú hiciste eso?! —espetó el Senador entre dientes—. ¡Se suponía que tenías que cuidarla! ¡Aprobé tu relación con mi hija porque creí que ella te quería...!

—¡Y me quiere! ¡Solo tuvo que aparecer este de nuevo para joderlo todo! —replicó Lugh mirando a Mauro con furia.

—Bueno, soy un hombre oportuno, no se puede negar —sonrió Mauro—. Anoche Ainara rompió su compromiso contigo, y más vale que lo aceptes, porque eso es lo menos grave que va a pasar —lo amenazó acercándose a él y mirándolo a los ojos—. Si crees que no te cobraré estos diez años de tenerla lejos, estás muy equivocado, pero soy lo suficientemente hombre como para darte la advertencia con bastante anticipación: ¡Prepárate! ¡Prepárate, porque cuando vaya por ti, no quedará ni la sombra de tu apellido en este maldito país!

Lugh retrocedió con impotencia y miró por encima de su hombro, pero el rostro del Senador era impávido y molesto. Era evidente que no lo respaldaría frente a Mauro, así que se dio la vuelta y salió de aquella oficina dando un portazo.

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