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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 652

ROJO PASIÓN. CAPÍTULO 25. Revelaciones dolorosas

Nada, ni siquiera el mismísimo Superman en persona bajando épicamente del cielo delante de él habría hecho tanto efecto en Mauro.

“June”. Solo en ese momento el recuerdo le devolvió como un golpe el nombre de la madre de Ainara.

—June Jáuregui —murmuró y la niña asintió palmeando emocionada.

—¡Sí, sí! ¡Así me llamo yo!

Y Mauro no supo qué le dolía más, si saber que Ainara había tenido una hija o que aquella pequeña fuera la segunda niña en la familia que llevara el apellido de su madre.

Retrocedió un poco tembloroso, apoyándose en la baranda de la escalera, mientras las dos personas frente a él intentaban entender por qué se había puesto tan pálido.

—¿Quiere pasar, señor Keller? —le dijo la señora mayor apresurada—. ¡Le hago una infusión! ¡Venga, venga!

La manito de la niña tirando de él fue lo que pareció hacerlo reaccionar, y Mauro sintió que su corazón se detenía cuando por fin estuvo dentro de aquel departamento, y absolutamente cada cosa dentro de él, cada adorno, cada fotografía se le hicieron familiares. Todas excepto una que ahora ocupaba un puesto privilegiado en la pared: la foto de Ainara con una bebé preciosa en brazos, recién nacida, dormidita.

—¡Esa soy yo cuando nací! —dijo la pequeña siguiendo su mirada—. Mi mami dice que yo era muy bonita, pero que ahora soy más linda todavía.

A Mauro le tembló la voz y tuvo que luchar para que sus ojos no se cristalizaran cuando le respondió.

—Tu mamá tiene razón. Eres una niña muy linda…

Sentía que se estaba ahogando. ¿Cómo era posible que no hubiera sabido nada de ella? ¿Siquiera lo sabían también el senador y Lugh? En aquel momento le parecía improbable, porque de lo contrario no habría conservado el otro departamento para aparentar. Era evidente que Ainara tenía una doble vida de la que nadie más estaba enterado, y no podía culparla, porque sabía que había crecido entre mentiras y secretos, y quizás esa era la única forma que conocía de sobrevivir.

Se echó atrás en aquel sofá, alcanzando con dedos nerviosos la taza de infusión que la señora le alcanzaba, y por un momento sintió que su corazón se rompía en cientos de pedazos. Sabía que Ainara había tenido una vida en aquellos diez años, solo había esperado, o mejor dicho: toda su culpa y todo su remordimiento habían esperado que hubiera tenido una vida mejor.

—Este… June, escucha. ¿Sabes a dónde vas a viajar con tu mami? —le preguntó y la niña negó aunque se notaba que estaba emocionada.

—No, no lo sé, dice mami que es una sorpresa —sonrió la pequeña—. Pero ya no vamos a volver más aquí, solo para visitar a la abuela Dorina —dijo mirando a la señora que la cuidaba y abrazándola luego—. ¡Te voy a extrañar mucho, pero voy a venir muy seguido a jugar contigo! Ahora tengo que ir con mi mamá ¿lo sabes, verdad?

La señora Dorina acarició la cabeza de la niña con cariño.

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