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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 654

ROJO PROMESA. CAPÍTULO 27. Una sospecha

Mauro quería que la tierra se abriera a sus pies, que el infierno se lo tragara, porque cada una de aquellas palabras de Ainara tenían el poder para arrancarle el corazón. Ella no confiaba en nadie ya, y eso incluía que tampoco confiara en él.

—Escucha… espera… Espera, Ainara, por favor —suplicó tomando sus manos—. Sé que no tienes motivos para confiar en mí, sé que no cumplí mi promesa y que te abandoné… sé que me he portado de la peor forma posible, pero por favor, escúchame. Yo puedo cambiar todo eso. Yo puedo cambiar cualquier inseguridad que tengas, puedo protegerte si quieres escapar… Por favor déjame hacerlo.

Pero toda la respuesta de la muchacha fue retroceder.

—No. Ya tengo un destino calculado y tengo… tengo que irme —sentenció—, porque tú no estás en él. Al final todo lo que sucedió en estos meses… sirvió para que yo me vaya con la conciencia tranquila, pero eso no cambia el hecho de que quiero irme.

Mauro se llevó las dos manos a la cabeza con desesperación mientras la veía alejarse de él y tomar un par de artículos más de su habitación. Las maletas estaban listas y ella había trasladado ya su dinero del banco a una cuenta anónima, así que solo tenía que subirlas a su auto y despedirse para siempre.

Sentía que el pecho se le hinchaba por la angustia. Tenía que hacer algo, lo que fuera, cualquier cosa… Sin embargo no tenía idea de que se vería obligado a actuar y mucho antes de lo que esperaba.

Miró por la ventana con expresión perdida y vio allá abajo, en el pequeño parquecito, a la niña y a la señora Dorina que hablaban con otra mujer mientras la pequeña se balanceaba en el columpio. Y para Mauro no habría saltado ninguna alarma si no fuera porque aquella mujer era demasiado parecida a él:

Iba excesivamente bien vestida para aquel barrio, con una chaqueta que debía costar el alquiler de un mes entero de cualquier departamento en cualquier edificio. Y por más que quiso serenarse, recordó que la señora Dorina se pasaba de noble lo suficiente como para abrirle la puerta a un extraño.

Frunció el ceño y se inclinó intentando inútilmente escrutar el rostro de la mujer desde su altura, pero en ese momento la señora Dorina pareció recibir un mensaje y tomó a June de la mano para volver adentro.

Mauro siguió con la vista a aquella mujer mientras se alejaba apurada, y la vio subirse a una camioneta de lujo que definitivamente era un objeto anacrónico en aquel lugar.

No supo por qué aquella punzada de sospecha se instauró en su pecho, pero se acercó al bolso que Ainara había dejado sobre un mueble y rebuscó hasta encontrar lo que necesitaba.

No dijo una palabra mientras se iba del departamento, y para cuando la muchacha salió de la habitación, Mauro ya no estaba por ningún lado.

Ella cerró los ojos y respiró hondo con un gesto de tristeza y de cansancio. Aquel hombre había sido el maldito amor de su vida, su primer amor, ese que podía odiar con todas sus fuerzas y aun así, en algún momento del día, su mente volaría de regreso a él.

Recogió lo poco que le faltaba y se despidió de la señora Dorina con un abrazo cálido.

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