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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 656

ROJO PROMESA. CAPÍTULO 29. Una familia

No podía temblar. Tenía a su hija en los brazos así que Ainara sabía que no podía temblar, y aun así aquel sexto sentido la hizo agazaparse mientras todos sus instintos se disparaban, anunciándole que quienes pasaban corriendo por el costado de la tienda… esa gente la estaba buscando a ella.

Se agazapó detrás de unos abrigos enormes, esperando que la camuflaran porque sabía que no podía meterse en ningún probador, alguien con un mínimo de inteligencia buscaría allí en primer lugar.

No dijo ni una palabra, ni una sola a pesar de traer todavía el manos libres prendido de un a oreja. Lo único que salían de sus labios era un siseo suave con el que pretendía calmar a June, que iba y venía del sueño.

Estaba tan tensa que cuando sintió que tiraban de ella su pecho se hinchó para exhalar un grito desesperado hasta que alguien cubrió su boca.

—¡Soy yo! ¡Shshshshsh! ¡Soy yo! —escuchó la voz de Mauro en su oído y él le dio la vuelta de inmediato, tomando a la pequeña de sus brazos.

—Mauro… —La voz de Ainara salió quebraza y él negó.

—Hablamos luego, ahora hay que salir de aquí. Toma uno de esos abrigos, uno rosa escandaloso, y otro igual para June —sentenció poniendo en su mano un billete lo suficientemente alto como para pagar las dos cosas.

Solo se detuvieron un par de segundos en el mostrador de la tienda y Mauro le ajustó a la niña un pequeño gorro, lanzándole otro a Ainara junto con una bufanda.

—¡Vamos, por aquí!

Miró a todos lados antes de salir y acomodó a la pequeña sobre su hombro, como cualquier padre que llevara en ese momento a su hija cansada.

Su mano libre fue a apretar la de Ainara con un gesto de seguridad y se dirigió con ella a la misma entrada por la que habían accedido. Iban tan diferentes madre e hija que Mauro no creía que las reconocieran, menos con la bufanda bien ajustada y un hombre compañía. Pero aun así Mauro se aseguró de mantener un paso disipado y comportarse como otras familias alrededor.

Aprovechó que una de ellas estaba saliendo y se le unieron, mientras Ainara apretaba sus dedos con fuerza y Mauro de repente hablaba con el padre de dos niños que apenas podía cargar con sus pequeños.

El corazón le repicó con fuerza cuando vio a una mujer y dos hombres pasar corriendo junto a ellos, desubicados y mirando a todos lados, pero obviamente no se fijaron en un grupo de gente escandalosa con varios niños.

Cuando por fin llegaron al estacionamiento Mauro los dirigió a su auto y un segundo después metía a Ainara y la pequeña en el asiento trasero, antes de sentarse al volante y pisar acelerador como si le fuera la vida en ello, porque probablemente así fuera.

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