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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 658

ROJO PROMESA. CAPÍTULO 31. Ojalá

Era ya de madrugada, la temperatura estaba bajando afuera y Mauro sabía que Ainara estaba angustiada. Ni siquiera habían podido traer sus maletas, porque habías salido corriendo en el auto de Mauro, así que fue por algunas cosas en una de las habitaciones y regresó con una pequeña muda de ropa como para June.

—¿Y esto? —preguntó ella frunciendo el ceño con curiosidad.

—Eso es más viejo que Matusalen —rio él en un susurro—. Pasé casi toda mi infancia en esta casa, y mi madre tiene una renuencia especial por tirar cualquier cosa mía, así que en el closet de mi cuarto puedes encontrar algunas ropas que le pueden servir a June, al menos de momento. Mañana saldré a comprarles más ropa.

Ainara no quería molestar, pero en aquel instante estaba demasiado nerviosa como para ponerse digna.

—Está bien… te agradezco —murmuró y vio que Mauro ponía otra muda más grande.

—Pijamas para ti. Míos. Para que no se te olvide mi olorcito —dijo él haciéndole un guiño y la muchacha le puso los ojos en blanco antes de irse a cambiar a June.

Luego Mauro la subió al segundo piso y la acostó en la pequeña camita personal donde había dormido de niño, asegurando los barandales para que no se cayera.

—Es una bendición que tenga el sueño tan pesado —suspiró él mirándola con cariño y ese remordimiento que no se le había quitado desde que sabía que Ainara tenía una hija.

—Sí, es un tronco —sonrió la muchacha cerrando la puerta de la habitación—. No despertará hasta mañana.

Durante un segundo se quedaron mirándose con nerviosismo, mientras aquel par de corazones se disparaban por motivos muy diferentes.

—Yo… ¿crees que pueda darme un baño? —preguntó ella y Mauro vio el cansancio en sus ojos.

No era una invitación, y en aquel momento había demasiada tensión entre ellos como para insinuarlo siquiera, así que la guio al cuarto de baño de la habitación principal y salió después, sentándose en la salita y vigilando con ojos atentos el exterior por las rendijas de las persianas.

Ninguno de los dos durmió mucho esa noche. Ainara dio vueltas en la cama pensando en todo lo que estaba sucediendo, y Mauro dio vueltas en el sofá pensando en cuánto le dolía que Ainara hubiera seguido con su vida al punto de tener una hija con un hombre que no estaba en su vida o en la de la niña, porque el simple hecho de que llevara el apellido de su madre lo decía todo.

Su mente estaba inquieta y cansada, pero apenas amaneció cuando una risita traviesa lo hizo abrir los ojos para encontrarse con la boca pegada a un muñeco de peluche.

—¡Tienes suerte, le gustas al Señor Pompita! —declaró June con una sonrisa—. De lo contrario no te hubiera saludado.

Mauro se incorporó en el sofá y se restregó los ojos, viendo a la niña, que parecía una pequeña superhéroe en su pijama de Superman.

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