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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 676

ROJO PROMESA. CAPÍTULO 48. Causa probable

Decir “estupidez” era un eufemismo. Mauro estaba dispuesto a darle a Lugh la paliza de su vida después de ver cuál era esa información que tenía sobre Ainara, así que era mejor ir acompañado. Dejó a su esposa y su hija en casa de sus padres, mientras su madre se encargaba de entretenerlas dentro y el equipo de seguridad vigilaba afuera.

Él y Loan se subieron a un auto y recorrieron media ciudad antes de llegar a una de las zonas residenciales alejadas de la ciudad. La noche ya había caído completamente y el edificio de departamentos estaba extrañamente silencioso.

—¿Y aquí no hay nadie o qué? —murmuró Mauro con aquel instinto disparado, deteniéndose cuando las puertas del ascensor se abrieron en aquel piso.

—Bueno, me tomé la libertad de pedirle a tu tío Jhon que investigara un poco, y resulta que Lugh compró todo este piso. Parecía una buena inversión inmobiliaria en su momento, pero la renta de los departamentos de lujo no resultó como esperaba.

—Entonces ¿qué? ¿Debe todo esto o está en bancarrota o…? —preguntó Mauro.

—Creo que el banco ya le envió varios avisos de desalojo —respondió su padre—. No creo que logre reponerse de un golpe como este a menos que sea sacando dinero de debajo de las piedras, o en este caso… de un chantaje.

Mauro apretó los dientes y avanzó por el oscuro pasillo lleno de departamentos vacíos hasta llegar al final del corredor, donde el número sobre la puerta anunciaba el departamento que estaba ocupando Lugh. Sin embargo a medida que se acercaban tanto el padre como el hijo pudieron notar luz saliendo por la puerta entreabierta.

—No está cerrada —susurró Mauro empujándola suavemente y lo primero que saltó a su vista fue una mancha oscura en la alfombra de la entrada.

—¿Eso es…? —Loan se agachó, pasando las manos sobre aquel líquido oscuro y pegajoso y levantándose de inmediato—. No sabes cuánto me gustaría equivocarme, pero eso es sangre, Mauro.

Su hijo contuvo la respiración por un instante y luego empujó la puerta por completo, rodeando la mancha y adentrándose en el departamento.

—Será mejor que llames a la policía —dijo y Loan sacó su teléfono de inmediato, pero la recepción allí era un asco.

Mauro siguió avanzando, siguiendo las pequeñas manchas que iban desde el salón del departamento hasta una de las habitaciones y cuando entró allí se quedó paralizado, no supo si por la impresión o por el asco.

Una de las sillas del comedor había sido arrastrada allí, y sobre ella, atado y lleno de sangre estaba el cuerpo de Lugh. Y “cuerpo” era el término correcto, porque cuando Mauro llevó un par de dedos a su cuello, ya no fue capaz de sentir su pulso. Estaba frío y terriblemente pálido, y a sus pies había un gran charco de sangre que había goteado de numerosas heridas en su cuerpo. Sobre una mesa cercana había un cuchillo, y Mauro retrocedió mirando a su padre.

—¡Llama a la policía! ¡Ahora! —lo apresuró, pero antes de que Loan tuviera tiempo de llegar al pasillo, un mar de sirenas de policía se escucharon en la calle.

—No digas ni una sola palabra —sentenció mirando a su hijo y enviando un solo mensaje por teléfono—. Vamos a rezar porque no nos toquen unos idiotas.

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