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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 684

ROJO PROMESA. CAPÍTULO 65. Una promesa

Ainara sintió que su corazón se detenía mientras escuchaba aquel gruñido. Sobre el hombro de Mauro podía ver aquella escena desarrollarse con tanta rapidez que casi daba terror. Solo había visto al Senador Weber caer como un costal de carne, con la cabeza perforada por la segunda bala de la policía… porque la primera por desgracia no había salido de ningún arma de la policía.

Frente a ella Khloe gritaba a todo pulmón mientras intentaba alcanzar el arma que había caído de la mano de su esposo muerto, pero por suerte los agentes la estaban sometiendo y esposando antes de que pudiera alcanzarla.

Ainara sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas mientras Mauro la abrazaba con fuerza y sentía aquella humedad caliente contra su costado.

—¡No puede ser, no puede ser…! —murmuró al borde del sollozo, pero cuando volvió a despegar los labios fue para pedir ayuda porque ni siquiera necesitaba mirar para saber que Mauro estaba sangrando.

—¡Jhooooon! ¡Jhon! ¡Ayuda! —gritó mientras lo sentía tambalearse frente a ella y uno de los agentes se dio la vuelta a tiempo para alcanzarlo antes de que se golpeara contra el suelo.

Jhon llegó corriendo a su lado seguido de Loan.

—¿Qué pasó… cómo…? —se desesperó su padre mientras Jhon solo se concentraba en apretar sobre la herida de su costado.

—¡¿Pero qué demonios?! —Se apresuró a llegar junto a ellos el detective—. ¡Pensé que le habíamos puesto un chaleco antibalas!

—¡Y se lo pusimos! ¡Le dio justo debajo! ¡Esta es mucha jodida mala suerte! —gruñó entre dientes mientras presionaba a la altura de su cadera—. ¡Traigan a la ambulancia! ¡Ya!

En cuestión de pocos segundos una ambulancia llegaba junto a ellos en aquel galpón abandonado y de inmediato subían a Mauro a ella. Ainara no dudó en subirse a su lado, y a pesar de que estaba sangrando y que el gesto de dolor mientras intentaban contener la sangre no se borraba de su rostro, al menos apretaba la mano de la muchacha y trataba de sonreírle un poco para calmarla.

—Por favor, aguanta ¿sí, niño bonito? —le suplicó ella besando el dorso de su mano—. Resiste.

—No me voy a ir a ningún lado, muñeca —susurró él—. Te lo juré ¿recuerdas? “Te voy a amar hasta mi último aliento”. Y lo voy a cumplir, porque… es… porque… es rojo, como las… promesas…

En cierto punto comenzó a dormirse o a desvariar, ella ya no sabía, pero los ojos de la muchacha se llenaron de lágrimas de desesperación.

—¡Mauro, Mauro…!

Tardaron solo unos minutos en llegar al hospital y de inmediato lo llevaron al quirófano, mientras Loan llamaba al resto de la familia para informarle. Ainara firmó todos los consentimientos necesarios y se quedó allí, de pie como si la hubieran golpeado con algo mientras intentaba no echarse a llorar.

—Es mi culpa… —murmuró desesperada cuando Loan se acercó a abrazarla—. Es mi culpa, yo… maldición, desde que volvía a la vida de Mauro todo ha sido un desastre para él. Literalmente empezamos en un hospital y míranos aquí de nuevo.

Sentía un nudo en la garganta difícil de tragar, pero su suegro pasó un brazo sobre sus hombros con gesto paternal.

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