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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 738

EN MI PRÓXIMA VIDA. CAPÍTULO 49. Un chico bueno

Había cosas que dolían en el mundo y luego estaba eso. Aquella sensación de que tenía que hacerla un ovillo contra su cuerpo y protegerla como si fuera un capullo porque no había nada en el mundo tan difícil como despedirse de la mujer que amaba. No supo si lloró, si gritó, si aquello que le salía del pecho eran sollozos o maldiciones o…

Y tampoco supo cuántas horas pasaron hasta que la puerta de la cabaña se abrió con un sonido suave y Peter abrió los ojos para ver a su madre acuclillada frente a él, del otro lado de la cama.

—¿Puedes levantarte, cariño? ¿Puedes… prestármela un ratito? —preguntó Noémi con tanta suavidad como si su hijo volviera a tener seis años.

—No quiero —lo escuchó sollozar y asintió.

—Lo sé, pero te prometo que estará bien conmigo, ¿de acuerdo? —le susurró su madre y Peter apenas fue consciente de que un par de brazos lo sacaban de la cama, ayudándolo a levantarse y echado una manta gruesa sobre sus hombros.

La cara de su padre le pasó por delante como si hubiera sido solo una sombra, y todo lo demás se convirtió en una sombra mientras bajaban de aquella montaña y luego el auto, el avión, otro auto… Peter no sabía qué había alrededor, solo que estaba ahí, al lado de ella, fueran a donde fueran.

—¿Cómo…? —murmuró y a su lado Noémi entendió lo que quería preguntar.

—Hemos estado pendientes… cerca, ella no me mandó un mensaje esta mañana —dijo su madre y Peter asintió con un sollozo porque ella había pensado en todo, en absolutamente todo para que él estuviera solo el menor tiempo posible.

Las horas que siguieron fueron como un vacío amargo en el que no fue capaz de hacer nada más que vestirse. No escuchó la misa. No escuchó las condolencias. El único movimiento que hizo fue para darle un beso en la frente antes de que aquel ataúd se cerrara y fuera amorosamente guardado en el panteón familiar en Lucerna.

Luego todo fueron días oscuros. Días en los que intentó con todas sus fuerzas cumplir con aquella promesa aunque a veces no podía.

Se quedó en la que había sido la casa de sus abuelos y la familia siempre estaba allí. Sus primos lo sacaban de alguna forma. Sus hermanos procuraban desayunar o cenar con él. Pero al final, tres meses después, fue Adriana la que lo sacó de la casa definitivamente.

—Me tomé el atrevimiento de meterme a tu casita y sacar algunas cosas de Kim —le dijo un día y Peter la miró frunciendo el ceño.

—¿Sacar qué? ¿Para qué? —gruñó molesto y su prima levantó el estuche de la cámara.

—Necesitaba carga —le dijo—. Y además necesitaba que alguien viera lo que tenía dentro —aseguró poniendo en sus manos un pequeño álbum de fotos.

Peter lo abrió y por primera vez en mucho tiempo lo que se dibujó en su rostro al recordarla fue una sonrisa suave.

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