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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 793

PRINCESA... DE DÍA. CAPÍTULO 63. Un candidato

Cameron se dio la vuelta, un poco sorprendido y otro tanto incrédulo, al darse cuenta de a quién pertenecía aquella voz. Se encontró frente a un hombre mayor, cansado, y con una expresión evidentemente estresada.

—Señor Hopkins...

—¡Te hice una pregunta! ¿Estabas esperando una maldit@ invitación para volver? —rezongó John, mientras Cameron apretaba los labios.

—No estaba esperando nada, señor Hopkins. No sabía... No sabía si sería capaz de regresar.

John se llevó una mano al pecho, como si le estuviera dando un infarto en ese mismo momento. Y, como no podía ser de otra manera, Cameron sintió aquel puñetazo en su hombro; y un instante después vio a Billy pasar un brazo sobre los hombros de John.

—¡¿Estás loco?! —regañó a Cameron con la misma sonrisa amable y sincera de siempre—. ¡Este hombre ya ha estado preinfartado este año! ¡No puedes decirle algo como eso!

—¿Y qué se supone que le diga? —replicó Cameron, mientras Billy miraba a su mejor amigo casi con lástima.

—Bueno, tú decides, ¿a las buenas o a las malas? —preguntó, y John metió la mano en el arnés que jamás en su vida se había quitado de debajo del saco y sacó una pistola ante los ojos espantados de Cameron.

—A las malas, tú sabes que a mí me gusta a las malas —gruñó, antes de volverse hacia el arquitecto—. ¡Con bolsa negra en la cabeza o caminando por tus propios pies, tú decides!

Cameron cerró los ojos por un segundo y se mesó los cabellos porque aquello tenía que ser una maldit@ locura. Ya sabía que los Keller estaban todos locos, y evidentemente la sangre de los Hopkins no le había aportado ni un gramo de cordura. ¡Pero aquello ya era demasiado! O quizás simplemente llevaba demasiado tiempo en medio de la razón y la calma, y volver a aquella vorágine de emociones era extraño para él.

Así que finalmente se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida, con John y Billy pisándole los talones.

—¡A la cajuela! —ordenó John en el mismo instante en que llegaron al estacionamiento, y el arquitecto se volvió con el ceño fruncido.

—¡Tampoco te pases! —rezongó, tuteándolo por primera vez en su vida—. La camioneta es enorme, y lo lamento por ti, pero ahora soy más un chico de asiento trasero, así que con tu permiso...

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