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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 924

REGLA # 1. CAPÍTULO 24. Peligro al acecho.

Leon estaba sentado en la biblioteca, tamborileando los dedos contra el brazo del sofá con un ritmo irregular. Llevaba así un buen rato, mirando fijamente un libro que evidentemente no estaba leyendo. Mariel lo había notado desde el pasillo y, con una sonrisa divertida, decidió entrar.

—¿Qué te pasa, princeso? Llevas media hora frunciendo el ceño como si estuvieras planeando conquistar un reino —bromeó, apoyándose en el marco de la puerta.

Leon levantó la vista hacia ella, pero no respondió de inmediato. Solo soltó un largo suspiro antes de finalmente hablar.

—¿Qué te hace pensar que me pasa algo? —rezongó y Mariel solo se acercó y le dio vuelta al libro que tenía enfrente… ¡al revés!

—Casi nada. Así que lo preguntaré de nuevo. ¿Qué te pasa?

—¿El tarado ese que te gusta vendrá a la fiesta? —preguntó Leon con brusquedad, mirándola a los ojos, y Mariel parpadeó, sorprendida.

¿De dónde había salido eso?

—No sé de qué hablas —murmuró mirando al techo y haciéndose la desentendida.

Leon soltó un bufido molesto y se pasó una mano por el cabello.

—¡Claro que lo sabes! Si ese idiota siempre anda rondando tu familia como dices, entonces seguro que va a querer venir —protestó.

—No sé de quién hablas...

—¡Eso, tú hazte la estrellita caída! ¡Tu enamorado! ¡El que te hace poner esa cara tonta cada vez que hablas de él, y tener sueños húmedos escandalosos que luego yo tengo que arreglar! —espetó Leon dejando el libro a un lado. Todos sus buenos instintos le decían que debía callarse y sobre todo que debía controlarse, pero era un poquito difícil en aquel momento y la verdad era que ni siquiera sabía por qué—. ¡Maldición! Seguro tu mamá lo invita. ¡No puedo creer que vaya a venir!

Mariel apretó los labios como si no pudiera hacer otra cosa que aceptar las consecuencias de aquella invitación.

—Bueno… quizás no venga —respondió, cruzándose de brazos y fingiendo quedarse pensativa. La respuesta era “sí, en primera plana va a estar el idiota”, pero obviamente no podía decirle eso… ¿o sí?—. Pues no lo sé, depende de si mis primos lo invitan. Ya no pienses en eso. Además… míralo como algo bueno, sabríamos si tus lecciones están dando resultado.

Mariel lo vio ponerse rojo como una manzana en cuestión de segundos, y separar los labios, pero realmente no salía nada de allí, más bien parecía como si estuviera al borde de un ictus o algo así.

—¡¿Es en serio?! ¡¿Estoy entrenando a la yegua para otro semental?! —escandalizó y Mariel se quedó mirándolo, incrédula, antes de soltar una carcajada.

Aquello ya era demasiado.

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