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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 925

REGLA # 1. CAPÍTULO 25. Una hadita enojada

¡Dormir en el sofá era lo peor del mundo! Leon se había hecho el duro casi toda la noche, casi, porque no sabía ni para qué lado girarse y no había forma de que se durmiera.

—¡Al diablo, que me mate mañana! —rezongó subiéndose a la cama y abrazando a Mariel, que por suerte seguía rendida.

Lo que no era tanta suerte era darse cuenta de que aquel traserito de melocotón contra su entrepierna era como un sedante natural; y su calorcito lo hizo dormirse en menos de tres minutos. Por suerte, lo suficientemente rápido como para que no pensara demasiado en lo que eso significaba.

Al día siguiente, el castillo estaba más animado que nunca; porque como si no fuera suficiente con la tensión que había en el castillo, su madre había organizado una cena al aire libre en el jardín trasero, y había invitado a todos los amigos de la familia. Había largas mesas decoradas con manteles blancos y velas, mientras los criados iban y venían con bandejas de comida.

Y si su intención había sido incomodar a Mariel, se topó con pared cuando amaneciendo ella la dejó plantada desde el desayuno.

—Qué pena me da con usted, suegrita, pero yo no trabajo los sábados, y menos de última hora —sentenció ante la mirada asombrada de su suegra—. Quien hace las invitaciones que prepare la fiesta, así que le deseo suerte preparándose para cincuenta invitados en ocho horas.

—¡Mariel! ¡Esto es indignante…! —exclamó freda mientras su nuera se levantaba de la mesa llevándose la jarra de chocolate y un plato de dulces—. ¡La futura condesa no puede comportarse así!

—¡Pues divórcieme de su hijo, suegrita! —le gritó Mariel que ya iba escaleras arriba y Leon tomó su café y desapareció también.

Así que no les quedó más remedio a Freda y a Verena que preparar todo a la carrera, porque las invitaciones ya estaban mandadas.

El único movimiento que hizo Mariel en pos de la susodicha fiesta fue vestirse y aparecer, radiante y descansada; pero esta vez con una actitud diferente. Había algo en su mirada, una chispa traviesa que Leon notó de inmediato. Sin embargo, no fue la única que llamó la atención.

—¿Por qué llegas tan tarde, Mariel? —preguntó Verena, con su característico tono de superioridad—. Pensé que la futura condesa estaría aquí para ayudar, pero veo que prefieres descansar mientras los demás trabajamos.

Mariel sonrió con dulzura, pero había algo afilado en sus siguientes palabras.

—Eso es porque mi suegra y tú tienen confundidos los conceptos, Verena. La esposa del futuro conde es una futura condesa, no otra sirvienta del castillo —sentenció ocupando su sitio y a su Leon se rio en voz baja.

Pronto la conversación tomó un giro muy esperado: poner en la mira de la atención a Verena, porque el precario pensamiento de la condesa Freda parecía creer que la opinión pública tendría alguna influencia en el matrimonio o un posible divorcio de su hijo. Y para eso tenía que presentar a una candidata mejor.

Verena hizo hasta lo imposible por robarse el show y cuando no encontró nada más de qué hablar, se encargó de ser el centro de atención criticando hasta los gustos de otros.

—Sé que la condesa tuvo que preparar platillos para todos los gustos, pero la verdad creo que esto es indignante —protestó, señalando uno de los platos en la mesa—. ¿Un cerdo asado? A nadie aquí le importa el sufrimiento de los animales, ¿verdad?

Mariel levantó una ceja y miró suspiró pesadamente antes de responder:

—Y al parecer a ti tampoco, Verena. Mira nada más la cara que tiene el pobre Leon y aún así tú no te callas.

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