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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 926

REGLA # 1. CAPÍTULO 26. La cuarta regla

La cena había terminado en un torbellino de risas y tensión, y Mariel había sido la primera en desaparecer. Era tan dulce y sarcástica la condenada que a todos les caía bien, así que enseguida notaron su partida. Pero antes de que pudieran retenerlo a él también, Leon se excusó y la siguió casi de inmediato.

Sabía exactamente a dónde había ido: al salón del último piso, donde la gran ventana de estilo gótico ofrecía una vista impresionante del jardín iluminado por la luna. Últimamente era su rincón favorito para despejarse cuando algo la inquietaba… o para calmarse cuando estaba tentada a separarle la cabeza de los hombros a su marido… o sea él.

En fin, que Leon no iba a perder la oportunidad de hablar con ella. Entró al salón en silencio y la vio de pie junto a la ventana, con la silueta recortada por la luz tenue de las lámparas. No hizo ruido al acercarse, pero ella lo sintió de todos modos.

—No quiero hablar contigo, Leon —dijo sin girarse, cruzándose de brazos; y él decidió ignorar el tono cortante de sus palabras.

Caminó despacio hasta llegar detrás de ella, tan cerca que su pecho casi rozaba su espalda.

—Por favor, no sigas enojada conmigo —murmuró, inclinándose lo suficiente para que su voz acariciara el oído de Mariel. Su aliento era cálido, contrastando con el frío vidrio de la ventana frente a ella.

Mariel levantó la barbilla con orgullo, aunque su respiración se volvió un poco más rápida al sentirlo tan cerca.

—¿Por qué no debería estarlo? —preguntó, con voz desafiante pero contenida.

Leon apoyó las manos en el marco de la ventana, encerrándola entre sus brazos. Su proximidad era abrumadora, pero su voz sonaba casi suplicante mientras aquella confesión se le escapaba de los labios.

—Sé que no tengo derecho a estar celoso, hadita. Lo sé. Pero… no puedo evitarlo. ¡Soy muy posesivo!

Ella se giró ligeramente, lo suficiente para mirarlo de reojo, con una ceja levantada.

—¿Posesivo? —repitió, dejando caer la palabra como si probara su peso—. ¿De qué, Leon? ¿De algo que ni siquiera es tuyo?

Él apretó los labios, incapaz de encontrar una respuesta inmediata; y Mariel dejó escapar una risita sarcástica viendo aquella desesperara lucha interna.

—Eso pensé —dijo, volviendo la mirada hacia el jardín—. Y aun así, aquí estás, queriendo que te perdone por algo que ni siquiera tienes derecho a sentir. No soy otro de tus coches deportivos, princesos.

Leon suspiró y bajó la cabeza, y sus manos resbalaron por el marco antes de cerrarse sobre las caderas de Mariel.

—Esa es una comparación totalmente injusta, hadita. Mis coches los presto, pero a ti no te prestaría nunca.

—¡Es que yo no soy tuya, tarado! —le gruñó ella.

—¡¿Pues ves?! ¡Eso también se me olvida! ¡Y juro que no es mi culpa, es como un efecto colateral de ser conde, es como “todo esto es mío, mío, mío…”! —protestó él dándole la vuelta y mirándola a los ojos—. Por favor perdóname. ¿Y podemos agregar una cuarta regla al contrato?

Mariel lo miró frunciendo el ceño, llena de curiosidad.

—¿Una cuarta regla? ¿Cuál?

—Pues… —Leon se rascó la nuca como si no estuviera seguro de que estaba a punto de cagarla con aquella propuesta—. Pues ya que estaremos casados por un tiempo determinado… ¿qué tal si por ese tiempo nos podemos poner posesivos?

Mariel fingió pensarlo ¡y lo fingió muy bien!

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