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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 927

REGLA # 1. CAPÍTULO 27. Una apuesta de cien millones

El comedor del castillo estaba especialmente animado a la mañana siguiente. Los rayos de sol se colaban por las altas ventanas, iluminando la mesa llena de platos que parecían sacados de un banquete medieval. Mariel estaba sentada en una esquina, concentrada en untar mantequilla en una tostada, mientras Leon y su padre, el conde, discutían a su lado en la mesa.

—Es un negocio perdido, Leon —dijo el conde, dejando su taza de té con un golpe seco sobre el platillo—. No tiene sentido seguir manteniéndolo. He tomado mi decisión.

Leon, que estaba sentado con una mano en su taza de café y la otra apoyada en el respaldo de su silla, se inclinó hacia adelante, tratando de mantener la calma.

—Es más que un negocio, papá. Las ganancias de esa empresa van directamente a las fundaciones benéficas que financiamos. No puedo dejar que eso se pierda solo porque los números no son perfectos este trimestre.

El conde alzó una ceja, claramente poco impresionado.

—El trimestre, el semestre, el maldito año. ¡No puedes con todo y lo sabes! Tienes que priorizar. Las fundaciones pueden recibir dinero de otros lugares. Si el negocio no se sostiene por sí mismo, no tiene razón de ser.

Leon soltó un suspiro y se pasó una mano por el cabello, como si estuviera intentando evitar un exabrupto.

—¿Y qué pasa si consigo un inversor? —propuso finalmente, con un tono desafiante, pero el conde lo miró por encima de su taza, evaluándolo; y una sonrisa burlona apareció en sus labios.

—¿Un inversor que quiera tirar su dinero a la basura? —preguntó con ironía; sin embargo al ver que Leon no retrocedía, su tono cambió ligeramente, convirtiéndose en algo más retador—. Muy bien, hijo. Si consigues un inversor que arriesgue… digamos, cien millones de euros para mantener ese negocio a flote el próximo año, entonces podrás quedártelo.

El silencio cayó sobre la mesa. Mariel alzó la vista de su tostada, y sus ojos viajaron entre el conde y Leon. Cien millones no eran necesarios, solo eran una forma de ponerle freno a su hijo, porque nadie invertiría esa cantidad exagerada en un negocio que no fuera totalmente rentable.

Por su parte Verena, que hasta ese momento había estado ocupada con su fruta, se enderezó como si acabara de encontrar una oportunidad dorada.

—Yo puedo ayudarte, Leon —interrumpió con una sonrisa encantadora—. Tengo contactos en Europa que podrían estar interesados en una inversión como esa.

Leon la miró de reojo, con una expresión que era una mezcla de cansancio y fastidio.

—Te lo agradezco, Verena, pero prefiero hacerlo solo —respondió con un tono más cortante de lo que probablemente había planeado, y luego se giró hacia Mariel para besarla en la mejilla—. Regla número cuatro, nena, ¡en cumplimiento!

La sonrisa de Verena se tensó, pero no dijo nada más. En cambio, Mariel soltó una pequeña carcajada, que rápidamente intentó disimular con un sorbo de su jugo.

—¿Algo que quieras compartir, Mariel? —preguntó Verena, con una voz dulzona que no escondía su irritación.

—No, nada —respondió Mariel, encogiéndose de hombros con inocencia fingida—. Solo me parece interesante que Leon prefiera trabajar solo. Es… muy independiente.

Leon no pudo evitar sonreír de lado al escucharla, pero el conde lo interrumpió.

—Tienes dos semanas, Leon —dijo con firmeza—. Si no consigues ese dinero, el negocio se declara en bancarrota; y esta conversación se termina.

Bueno, al menos una terminaba, pero esa noche todavía le esperaba una conversación distinta, inesperada… peligrosa.

Leon salía del baño sacándose el cabello cuando vio su almohada de vuelta en la cama.

—¿Ya puedo dormir en mi ladito? —preguntó él con un puchero que estaba a punto de convertirse en una sonrisa divertida.

Mariel levantó una ceja y lo miró, fingiendo indiferencia.

—¿Tu ladito? ¿Quieres decir restregándote contra mi trasero como un oso con pulgas?

—Sí, por favor.

—Bueno…

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