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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 932

Regla #1 CAPÍTULO 32. Un inversor desconocido

Mariel estaba devolviendo una jarra de galletas a la estantería superior de la despensa cuando sintió un empujón brusco por detrás, y apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de escuchar un portazo.

—¿Qué demonios...? —dijo, girándose de golpe, porque todo era oscuridad alrededor mientras la jarra de cristal estallaba a sus pies por el susto—. ¡¿Qué diablos!? —gritó golpeando la puerta, pero del otro lado una voz cargada de veneno rompió el silencio.

—Eso te pasa por meterte donde no te llaman, arrastrada. —Verena rio con ese tono suyo lleno de satisfacción.

Mariel golpeó la puerta con las palmas, furiosa, sin poder creer que de verdad la hubiera encerrado allí.

—¡Verena, abre la puerta! ¿Qué te pasa? ¡Ábrela ahora mismo!

Pero por supuesto que ella no iba a hacerle caso, y cuando volvió a hablar, su voz goteaba sarcasmo.

—¡Por favor! ¿De verdad crees que alguien va a notar que no estás? Leon estará demasiado ocupado con el inversor para preocuparse por ti. Mejor quédate aquí, donde perteneces, y déjanos tener la fiesta en paz.

Mariel tragó saliva, sintiendo cómo su enojo iba creciendo como una llamarada.

—¡Verena, te juro que si no me abres voy a…!

—¿Vas a qué? —se burló ella, interrumpiéndola—. No eres nadie, Marielita. Solo una oportunista que no debería estar cerca de Leon. Él merece a alguien de su clase, no una cualquiera que solo sabe manchar su nombre.

—¡Eso lo dices tú, no él! —gritó Mariel, golpeando la puerta con más fuerza—. Y puedo apostar a que ni siquiera conoces al puto inversor, ¿verdad? ¡Solo estás tratando de llevarte el crédito para que de alguna forma milagrosa Leon te mire, pero adivina qué, ¡eso no va a pasar!

—¡Cállate m*****a estúpida! —gruñó furiosa pero esta vez fue Mariel la que rio.

—¡Ábreme ahora mismo, porque te juro que si salgo de aquí sola, te voy a dar la cuatro bofetadas que debió darte tu madre cuando se te empezó a subir el puto título a la cabeza! —espetó Mariel, pero todo lo que obtuvo fue el taconeo con que Verena se alejaba, mientras ella se quedaba atrapada en la oscuridad de la despensa.

Verena por otro lado, con el porte de la reina malvada que se creía que era, se dirigió hacia el recibidor del castillo, donde todo estaba preparado para la llegada del famoso inversor. No podía permitir que Mariel arruinara ese momento. Si lograba ganarse la atención del misterioso millonario, demostraría a Leon y al resto de la familia Rosthchild que ella era la única opción lógica para él.

Lo que le molestaba era que en parte tenía razón, ni siquiera las conexiones de su padre habían podido ponerla en contacto con el famoso inversor. Lo único que tenía era su apellido y eso porque se lo había escuchado decir al conde, así que ahora no le quedaba más que improvisar que lo conocía.

A lo lejos, escuchó el sonido de un motor. Una lujosa limusina negra se detuvo frente a las puertas principales, y Verena sonrió para sus adentros mientras se colocaba estratégicamente cerca de la entrada. Cuando el coche se detuvo por completo, un chofer bajó primero, abriendo la puerta trasera con precisión y respeto.

Un hombre alto y elegante salió de la limusina, vistiendo un impecable traje azul marino que parecía hecho a medida. Su postura y aire de confianza eran innegables, y Verena no perdió tiempo.

Con una sonrisa que había practicado mil veces en el espejo, se acercó al hombre antes de que alguien más pudiera hacerlo.

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