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UN BEBÉ PARA NAVIDAD romance Capítulo 941

REGLA # 1. CAPÍTULO 41. Decisiones inaplazables

Mariel salió del cuartón con la cabeza baja y el corazón apretado, porque a fin de cuentas ya tenía su respuesta. Había hecho todo aquello, toda la locura del matrimonio acordado, solo para ver si tenía una oportunidad con Leon… y ahora sabía que él la quería, pero eso no alcanzaba.

Durante los días que siguieron, decidió volcarse completamente en su familia. Los Keller llenaban cada rincón de la casa de huéspedes con su energía vibrante. Reían, bromeaban y disfrutaban del tiempo juntos, como si no existieran preocupaciones en el mundo.

Y por supuesto nadie entre ellos parecía particularmente interesado en socializar con los Rothschild. Era como si ambos bandos convivieran bajo una tregua frágil, en la que las conversaciones se mantenían superficiales y los gestos cordiales eran más por compromiso que por verdadero interés.

Sin embargo los protocolos de la nobleza, o quizás cierto interés personal, llevó a los anfitriones a organizar una cena formal en honor de los Keller. Era una oportunidad, según el conde, para reforzar lazos y discutir posibilidades a futuro. La familia Keller aceptó la invitación con elegancia, pero cuando la noche llegó, quedó claro que no iban a dejarse impresionar.

La cena transcurrió bastante tranquila, con los halagos normales a la comida, hasta que el conde, incapaz de contenerse, decidió llevar la conversación hacia terrenos más estratégicos.

—Señor Keller, no puedo dejar pasar la oportunidad de hablar con usted sobre una iniciativa que podría interesarle… —empezó el conde, con tono calculador, pero su propio hijo levantó la mano, interrumpiéndolo.

—No, padre —dijo Leon con firmeza, dejando su copa de vino sobre la mesa—. Los Keller están aquí en calidad de familia, no de inversores.

El silencio cayó como un balde de agua fría. Las miradas se cruzaron en la mesa, pero nadie dijo nada.

—Así es, no queremos mezclar los negocios con la familia… creemos firmemente que eso solo acaba bien en la nuestra —aseguró Milo con una sonrisa forzada, porque obviamente Norman lo había puesto al tanto de los desplantes que le habían hecho los condes a su hijs.

Sin embargo Freda fue incapaz de contenerse, como siempre, y se inclinó ligeramente hacia Mariel.

—Veo que ya compartiste tus experiencias con tu familia —dijo, con una sonrisa envenenada—. Es una pena que seas tan rencorosa, Mariel.

Y no debió decirlo, definitivamente no debió, porque Anja, que estaba sentada al lado de su hija, soltó una carcajada corta y directa.

—¿Rencorosa? —repitió, con una ceja levantada—. Condesa, con todo respeto, usted no tiene idea de lo rencorosos que podemos llegar a ser los Keller. Mi consejo: acostúmbrese. Porque, créame, que ya no obtendrán nada de mi hija.

La tensión en la mesa se podía cortar con un cuchillo. Mariel apenas disimuló una sonrisa de agradecimiento con su madre, recordando lo fácil que era pelear en familia, mientras Leon observaba a su propia madre con una mezcla de desaprobación y cansancio.

Freda, roja de furia, decidió no responder, pero esa noche, mientras todos se retiraban a sus habitaciones, buscó una oportunidad para quedarse a solas con Leon. Lo interceptó en uno de los pasillos del castillo, donde la penumbra y el eco de sus pasos creaban un ambiente casi conspirativo y lo confrontó de una vez.

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