Respondió al saludo por pura cortesía.
Luego, Sofía presentó a los demás padres de familia.
Terminados los saludos formales.
Lorenzo entregó oficialmente su obsequio.
—Disculpen, ¿quién es el joven Sebastián?
—Yo —Sebastián levantó la mano.
Los dos se miraron fijamente.
Él lo analizó.
Y el niño también lo escrutó.
Lorenzo tomó la iniciativa.
—Sebastián, eres más apuesto de lo que imaginaba. ¡Feliz cumpleaños, campeón!
Le entregó una espada de madera empaquetada en una caja lujosa.
—Gracias, señor.
—¿Y cómo me vas a agradecer? —Lorenzo arqueó una ceja.
Sebastián, muy serio, respondió:
—Te invitaré a comer del banquete de cumpleaños. Un gran banquete.
—La comida no es importante —Lorenzo negó con la cabeza.
—¿Entonces cómo quieres que te lo agradezca?
—Quiero que me a-cep-tes. —Lorenzo sonrió—. ¿Qué te parece?
Sebastián miró a Sofía y su mirada se volvió profunda.
—Poco a poco.
—Entendido. Estoy dispuesto a superar todas tus pruebas.
Lorenzo enderezó la espalda con fingida rectitud.
Todos en la sala comenzaron a reír y a bromear con la escena.
Sebastián volvió a sentarse, manteniendo su postura solemne.
A su lado estaba Kiko, mirándolo con envidia, con los ojitos brillantes, asomándose para contemplar la pequeña espada de madera.
—¿Y dónde está la princesita Ana?
—Yo soy —Ana levantó su manita.
Un ligero rubor tiñó las orejas de Lorenzo.
—Princesita, eres... demasiado hermosa. Eres el vivo retrato de tu mamá.
¡Ejem!
Casi no se atrevía a mirarla a los ojos y entregó el regalo tapándose el rostro a medias.
Su actitud hizo estallar en carcajadas a la señora Campos y a los demás.
—Quién diría que el señor Lira tenía un lado tan cómico.
Todos sentían curiosidad por ver qué regalo le había dado a la princesita, a la que apenas se atrevía a mirar.
Ana abrazó la hermosa caja, levantó su carita y preguntó:
—Mami, todos quieren ver, ¿puedo abrirlo?
Sofía miró a Lorenzo.

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