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VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA romance Capítulo 155

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La improvisada fiesta de cumpleaños continuó entre risas y alegría.

Pronto, llegó la hora de que los niños se despidieran.

Coco, sosteniendo su bolsita de regalos en una mano y tomando la manita de Ana con la otra, se inclinó ligeramente y preguntó con su tierna vocecita: —¿Cuándo nos volveremos a ver?

Desde que Ana fue expulsada del kínder, no habían podido jugar juntas.

Extrañaba muchísimo a su amiguita.

Ana consoló a su amiga con dulzura: —Mi mami nos mudará mañana a una casa nueva. Cuando estemos instalados, me buscará otra escuelita.

La señora Campos la miró sorprendida: —Sofi, ¿se van a mudar?

—Así es —respondió Sofía con sinceridad.

Llevaba casi tres años conociendo a la señora Campos; sabía que ella y su familia eran personas bondadosas y honestas. Podía confiar en ellos sin temor a que la traicionaran.

La señora Campos tomó sus manos con suavidad.

Y suspiró en silencio.

Acarició las delgadas muñecas de Sofía.

Llevaba puesta la pulsera que le había regalado esa noche.

Era del mismo tamaño que la de Selina, pero mientras que a la otra no se le podía ni quitar de lo apretada que le quedaba, a Sofía...

Iván se gastaba el dinero que Sofía ganaba con tanto esfuerzo para mantener a otras mujeres.

Su amante estaba rebosante y bien cuidada, mientras que Sofía lucía frágil y demacrada.

Era una situación que encogía el corazón de cualquiera.

Sofía colocó su mano sobre la de la señora Campos. —No se preocupe, ahora estoy mucho mejor.

A la señora Campos se le cristalizaron los ojos. —¡Lo siento tanto! Siento no haber podido ayudarte en nada.

Ella misma había recomendado el kínder para Sebastián y Ana.

Pero el día que Leandro metió las manos, los niños fueron expulsados sin piedad.

Para cuando la señora Campos se enteró de lo sucedido, ya era demasiado tarde para intervenir.

Y ahora, Sofía, siendo una madre soltera y sin respaldo, enfrentaba un mundo cruel, y ella no sabía de qué manera apoyarla.

—Compré una casa, y tengo un excelente trabajo —la tranquilizó Sofía, devolviéndole el consuelo.

La señora Campos se iluminó de alegría. —¡Entonces esperaremos ansiosos tu fiesta de inauguración!

Sofía no había pensado en eso.

Para ella, mudarse a su nueva casa y darle a su familia un hogar feliz era más que suficiente.

No había planeado celebrar nada a lo grande.

La señora Campos señaló a las dos pequeñas.

—Mira, mi Coco no se quiere separar de tu Anita. Están ahí, agarraditas de la mano, a punto de llorar.

Sofía miró hacia donde le indicaban.

En efecto, la carita de Ana reflejaba la misma tristeza por tener que despedirse de Coco.

El corazón de Sofía se derritió por completo.

Si su hija le pidiera la luna, ella encontraría la forma de bajársela.

—Está bien —dijo, haciendo la invitación oficial—. Cuando me instale y tenga una fecha, los llamaré.

Coco, al escuchar que estaba invitada a conocer la casa nueva de Ana, empezó a celebrarlo a los cuatro vientos.

Yoyo también lo escuchó y jaló del brazo a su papá, rogándole que la llevara a ella también.

Kiko, que platicaba con Sebastián, aguzó el oído y no dudó en apuntarse: —¿Yo también puedo ir a la fiesta de tu casa nueva?

Sebastián, con su expresión seria de siempre, miró de reojo a su mamá.

Sofía asintió con una cálida sonrisa.

El niño, manteniendo la compostura, hizo la invitación oficial: —Serás bienvenido a jugar en mi casa.

—¡Gracias, Sebas!

—De nada. —Sebastián le dio un adelanto—: Te recomiendo que lleves ropa deportiva. Podremos jugar en la resbaladilla, jugar básquetbol y atrapar renacuajos en el estanque.

Kiko, emocionado, agitó su pequeño saquito elegante y corrió hacia su papá, quien en ese momento platicaba de finanzas con Lorenzo.

—¡Papá, papá, papá, papá...!

Después de una rápida explicación por parte del niño...

El auto de atrás era el de los guardaespaldas de Lorenzo. Él ordenó a sus dos escoltas que tomaran un taxi, los esperaran más adelante y escoltaran a los niños hasta el hotel de forma segura.

A su asistente, Ferrer, le encomendó viajar en el auto con los niños para asegurarse de que todo estuviera en orden.

Lorenzo golpeó suavemente la ventana del copiloto. —Ponte vivo, cuida bien a los niños.

—¡Sí, señor! No se preocupe, Lorenzo.

El vehículo arrancó y se alejó.

Sofía se subió al auto de los guardaespaldas que iba detrás.

Lorenzo tomó el volante. —Ahora sí, dime. ¿De qué querías hablar?

Se veía contento, con una chispa de expectativa en la mirada.

Casi parecía que estaba esperando a que ella le aplaudiera lo bien que se había portado esa noche, o tal vez pensaba que, como ya se había ganado a los niños, ella estaría dispuesta a darle una oportunidad romántica.

Sofía sonrió para sus adentros.

Desvió la mirada hacia la ventana.

—Quiero hablarte de varias cosas... Empezando por mi vida amorosa. ¿Te interesa escucharlo?

Lorenzo sonrió. —Nada me gustaría más.

Desenterrar el pasado era como abrir una herida profunda; dolía demasiado.

Todos y cada uno de los recuerdos amargos se agolparon en su mente. Sintió un nudo en la garganta y las lágrimas amenazaron con salir.

Su voz sonaba tensa, como una cuerda a punto de romperse, y cada palabra que pronunciaba iba acompañada de un nudo de angustia.

—Cuando me vi forzada a divorciarme del padre de mis hijos, me fui al norte con un antiguo compañero y me instalé en Rosarito.

—Durante esos tres años, me convencí de que el padre de mis hijos estaba muerto para nosotros.

—Me dediqué en cuerpo y alma a trabajar con este compañero, entregando toda mi lealtad y confianza.

—Sin embargo, el destino me jugó una mala pasada. Hace poco, el padre de mis hijos volvió a aparecer en mi vida. Después de tres años, era una persona irreconocible; se alió con su amante para manipular a todos a mi alrededor y ponerlos en mi contra.

—Me atacó por todos los frentes, buscando vengarse y queriendo destruirme por completo.

—Y justo en ese momento, la única persona en la que yo confiaba, ese compañero, decidió unirse a mi exesposo para hundirme...

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