La improvisada fiesta de cumpleaños continuó entre risas y alegría.
Pronto, llegó la hora de que los niños se despidieran.
Coco, sosteniendo su bolsita de regalos en una mano y tomando la manita de Ana con la otra, se inclinó ligeramente y preguntó con su tierna vocecita: —¿Cuándo nos volveremos a ver?
Desde que Ana fue expulsada del kínder, no habían podido jugar juntas.
Extrañaba muchísimo a su amiguita.
Ana consoló a su amiga con dulzura: —Mi mami nos mudará mañana a una casa nueva. Cuando estemos instalados, me buscará otra escuelita.
La señora Campos la miró sorprendida: —Sofi, ¿se van a mudar?
—Así es —respondió Sofía con sinceridad.
Llevaba casi tres años conociendo a la señora Campos; sabía que ella y su familia eran personas bondadosas y honestas. Podía confiar en ellos sin temor a que la traicionaran.
La señora Campos tomó sus manos con suavidad.
Y suspiró en silencio.
Acarició las delgadas muñecas de Sofía.
Llevaba puesta la pulsera que le había regalado esa noche.
Era del mismo tamaño que la de Selina, pero mientras que a la otra no se le podía ni quitar de lo apretada que le quedaba, a Sofía...
Iván se gastaba el dinero que Sofía ganaba con tanto esfuerzo para mantener a otras mujeres.
Su amante estaba rebosante y bien cuidada, mientras que Sofía lucía frágil y demacrada.
Era una situación que encogía el corazón de cualquiera.
Sofía colocó su mano sobre la de la señora Campos. —No se preocupe, ahora estoy mucho mejor.
A la señora Campos se le cristalizaron los ojos. —¡Lo siento tanto! Siento no haber podido ayudarte en nada.
Ella misma había recomendado el kínder para Sebastián y Ana.
Pero el día que Leandro metió las manos, los niños fueron expulsados sin piedad.
Para cuando la señora Campos se enteró de lo sucedido, ya era demasiado tarde para intervenir.
Y ahora, Sofía, siendo una madre soltera y sin respaldo, enfrentaba un mundo cruel, y ella no sabía de qué manera apoyarla.
—Compré una casa, y tengo un excelente trabajo —la tranquilizó Sofía, devolviéndole el consuelo.
La señora Campos se iluminó de alegría. —¡Entonces esperaremos ansiosos tu fiesta de inauguración!
Sofía no había pensado en eso.
Para ella, mudarse a su nueva casa y darle a su familia un hogar feliz era más que suficiente.
No había planeado celebrar nada a lo grande.
La señora Campos señaló a las dos pequeñas.
—Mira, mi Coco no se quiere separar de tu Anita. Están ahí, agarraditas de la mano, a punto de llorar.
Sofía miró hacia donde le indicaban.
En efecto, la carita de Ana reflejaba la misma tristeza por tener que despedirse de Coco.
El corazón de Sofía se derritió por completo.
Si su hija le pidiera la luna, ella encontraría la forma de bajársela.
—Está bien —dijo, haciendo la invitación oficial—. Cuando me instale y tenga una fecha, los llamaré.
Coco, al escuchar que estaba invitada a conocer la casa nueva de Ana, empezó a celebrarlo a los cuatro vientos.
Yoyo también lo escuchó y jaló del brazo a su papá, rogándole que la llevara a ella también.
Kiko, que platicaba con Sebastián, aguzó el oído y no dudó en apuntarse: —¿Yo también puedo ir a la fiesta de tu casa nueva?
Sebastián, con su expresión seria de siempre, miró de reojo a su mamá.
Sofía asintió con una cálida sonrisa.
El niño, manteniendo la compostura, hizo la invitación oficial: —Serás bienvenido a jugar en mi casa.
—¡Gracias, Sebas!
—De nada. —Sebastián le dio un adelanto—: Te recomiendo que lleves ropa deportiva. Podremos jugar en la resbaladilla, jugar básquetbol y atrapar renacuajos en el estanque.
Kiko, emocionado, agitó su pequeño saquito elegante y corrió hacia su papá, quien en ese momento platicaba de finanzas con Lorenzo.
—¡Papá, papá, papá, papá...!
Después de una rápida explicación por parte del niño...

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