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VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA romance Capítulo 186

Su sonrisa era lo suficientemente aduladora, lo suficientemente "sincera".

Sofía parpadeó sin mostrar emoción.

—Hace un momento, dos hombres me dejaron muy claro que estás aquí esperándome para regalarme un poco de tu valiosa atención y así manipularme como tu herramienta. Entonces, dime de una vez, ¿para qué me necesitas?

Leandro apretó los labios y sonrió.

Sus ojos rebosaban una falsa dulzura.

—Sofí, no escuches las estupideces de esos idiotas. Lo que siento por ti es amor verdadero, un amor profundo. Lo único que me importa es que... estés bien y viva.

Benito, que estaba parado a un lado, sintió escalofríos.

¡Uf! El señor Corona sí que tenía labia. Con tal de salvar a su hermana, era capaz de mentirle en la cara a esta mujer sin inmutarse.

Sofía apartó la mirada.

Le dio un manotazo al brazo de Benito para apartarlo y trató de pasar de largo.

—Espera, no te vayas. —Leandro la agarró del brazo rápidamente.

No solo la detuvo, sino que deslizó su mano hasta tomar la de ella, apretando su palma con aparente cariño.

—Sofí, no te vayas, escúchame.

Al sentir su mano pequeña completamente envuelta por la de él, percibiendo el calor de la piel de Leandro...

Sofía sintió un respingo de asco.

Se soltó de un tirón y echó a correr.

Leandro la persiguió, gritando: —¡Sofí, no malinterpretes mi compromiso con Isabel, por favor, créeme! Tú eres mi vida, te juro que te haré justicia y destruiré a todos los que te lastimaron.

Y al terminar de decir eso, no pudo evitar reírse.

¡Ja, ja, ja, ja, ja!

Benito no pudo evitar chasquear la lengua. Qué barbaridad.

Por la señorita Rosa, el señor Corona realmente estaba haciendo un sacrificio. Qué lástima que sus mentiras fueran tan descaradas y ridículas que ni él mismo podía decirlas sin reírse de lo absurdas que sonaban.

Sofía apretó los dientes.

¡Qué imbécil tan psicópata! Armar este teatro en público solo para humillarla. Era un maldito infeliz.

Las puertas del ascensor se abrieron justo frente a Sofía.

En el interior estaban la señora Solis y sus dos criadas.

Sofía se topó de frente con el rostro arrugado y severo de la anciana.

En ese instante, Leandro llegó a su lado y soltó de golpe: —Doctora Valdivia, le suplico que venga al hospital conmigo. Mi hermana Rosa está en urgencias y se muere.

Apenas terminó de hablar, el eco de unos tacones resonó en el vestíbulo.

Eran pasos acelerados, casi frenéticos, que venían desde la puerta giratoria directo hacia los ascensores.

La voz aguda y cargada de histeria de Isabel se mezcló con los pasos. —Leandro, ¡¿todavía no se ha ido al hospital?!

Llegó corriendo a la puerta del ascensor.

Todos quedaron atrapados en el reducido espacio.

Isabel estaba hecha un desastre. Su melena ondulada estaba alborotada, no llevaba maquillaje, tenía la cara hinchada y los ojos rojos de tanto llorar.

Sin esperar a que Leandro respondiera, se le fue encima a Sofía a los gritos: —¡Leandro ya vino a rogarte y a endulzarte el oído! ¡¿Qué más quieres?! ¡¿Acaso no estás satisfecha?!

Claro, en su retorcida mente, Leandro había bajado de su pedestal para ofrecerle un poco de su "amor". ¿No era eso lo que la miserable muerta de hambre de Sofía tanto deseaba? ¿Por qué se hacía la difícil?

—Mira, Isabel, bájale a tu histeria y guárdate tus dramas de quinta. No me vengas a hacer tu teatro barato en mi cara... —respondió Sofía.

—¡¡Ya basta!! —rugió la señora Solis.

Sofía la miró fríamente.

Frente a sus narices, Isabel se lanzó a los brazos de la anciana, abrazándola como si fuera una niña desamparada.

—¡Abuela, buaaa! —lloró amargamente.

A la señora Solis se le llenaron los ojos de lágrimas al ver el sufrimiento de la joven. Le dolía en el alma.

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