¿Muerta?
¡Maravilloso!
La comisura de los labios de Sofía se curvó ligeramente en una media sonrisa.
Mientras tanto, en el pasillo junto a los ascensores, Isabel también acababa de recibir una llamada de Cristina Montero.
—¡Tu cuñada murió! Mi pobre Rosa... ¡Apenas tenía treinta y seis años! ¡Aaaay! —sollozaba Cristina.
Leandro y Sofía regresaron al pasillo.
Para entonces, la señora Solis ya se había enterado por boca de Isabel de que la señorita Rosa había fallecido.
¡La heredera de la familia Corona, muerta a los 36 años!
En la flor de la vida.
Al padecer cáncer y luchar todos los días por sobrevivir, la anciana sintió una empatía desgarradora. Ese sentimiento de tragedia compartida ablandó su corazón, y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Y con la tristeza, vino el odio visceral hacia Sofía.
Si tan solo la muy infeliz no hubiera apagado su celular la noche anterior, si hubiera atendido la llamada de emergencia de la familia Corona y hubiera ido a tratar a Rosa a tiempo, ¡quizás la pobre muchacha no habría muerto!
Sofía no tenía ética médica. Dejó morir a alguien. Una vida humana se había apagado por su culpa.
—¡Lárgate de mi vista! ¡No quiero volver a ver tu asquerosa cara! —le gritó la señora Solis, temblando de rabia.
—Con mucho gusto —respondió Sofía, tragándose la sonrisa de triunfo.
Era exactamente lo que deseaba.
Llevaba esperando ese día mucho tiempo.
Isabel seguía llorando mares. —Abuela, ¡eso es dejarla ir demasiado fácil!
Había que hacerla pagar. Rosa estaba viva y sana, y ahora estaba muerta por culpa de esa mujer.
—¡Entremos a mi habitación primero! —ordenó la anciana, furiosa.
Se dio la vuelta y se dirigió a su suite.
El ascensor privado solo tenía capacidad para unos pocos.
Sofía, junto con Benito y los demás, tomaron el ascensor de servicio.
Benito, que ya sentía repulsión por ella, ahora la odiaba con toda su alma al enterarse de la muerte de Rosa. No quería ni mirarla, así que se paró en un rincón con los guardaespaldas, alejándose de ella como si fuera basura infecciosa.
Mejor para ella.
Sofía encendió su teléfono para revisar sus mensajes.
Lorenzo Lira le había enviado tres.
El primero: [Foto / Tiempo de calidad papá e hijos / Excelente fin de semana]
Era una foto de él jugando baloncesto con los dos niños.
Los tres llevaban camisetas deportivas a juego, ropa de familia. Ana y Sebastián eran tan pequeñitos que tenían las camisetas metidas en el short; cuando saltaban, parecían unos fideos saltarines.
Los rizos de Ana estaban recogidos en un chonguito desastroso y todo despeinado.
Lorenzo había dibujado un círculo rojo alrededor del chonguito y había escrito: "Se lo amarré yo. ¿Quedó bonito?".
El segundo: [Video / Papá novato preparándoles el almuerzo]
Se veía al enorme e imponente Lorenzo usando un delantal blanco, moviendo la espátula en el sartén con mucha concentración y ternura.
El plato servido era: Brócoli salteado con camarones, decorado con rodajitas de zanahoria.
Ding...
El ascensor se detuvo en el piso 42 y Sofía cerró el chat.
La señora Solis se hospedaba en la suite presidencial, que contaba con una pequeña sala de juntas donde los familiares más importantes tomaron asiento.
—¿Qué vamos a hacer con ella? —lloriqueó Isabel con los ojos hinchados—. ¡Mi cuñada murió por su culpa!
¡Era una vida humana! Algo imperdonable.
La única forma de que Isabel se sintiera vengada era si Sofía pagaba con su vida.
Sofía soltó una carcajada seca. —Señorita Molina, qué dramática. Entiendo que le duela la muerte de su cuñada, pero no pierda la cabeza. Yo soy la médica contratada por la señora Solis; vine a Ciudad del Mar exclusivamente para cuidar de su salud. Que los médicos no hayan podido salvar a Rosa no tiene un carajo que ver conmigo.
—¡Tú...! —Isabel se puso de pie de un salto, roja de furia.
La señaló con el dedo tembloroso: —¡Si la hubieras atendido a tiempo, Rosa no estaría muerta!
Sofía no se guardó nada: —¡Eso le pasó a la familia Corona por malagradecidos y por buscarse su propia ruina! Yo fui de buena fe a acompañar a Jacinta al hospital y ¿qué hizo? Me corrió de la habitación, me gritó que ella era leal a Cristina Montero y que no quería tratos conmigo. Salí del hospital, mi teléfono se quedó sin batería y no tenía dinero para un taxi. Tuve que volver caminando. ¡Así que no es mi culpa!
Isabel conocía perfectamente la estupidez de Jacinta.
¡Qué imbécil!
¡Solo empeoró las cosas!
Se quedó callada, mordiéndose la lengua.
Con Leandro presente, si seguía intentando culpar a Sofía a la fuerza, quedaría como una loca irracional y arruinaría su imagen de niña buena.
Evidentemente, la señora Solis no estaba dispuesta a dejar las cosas así.
Miró a Leandro y preguntó: —Leandro, ¿qué sugieres que hagamos con ella?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA
Porque no se pueden desbloquear los capitulos? Siempre sale error...
Que horrible, tan pocos capítulos diariamente, que le pasa al escritor, que no puede terminar un libro de una vez???...